martes, 5 de marzo de 2013

UN SIMPLE DETALLE


Aquella mujer me gustaba mucho. Es más, muchísimo. Era bella, de bonita figura y probablemente honesta, cosas éstas que siempre suelen ir aparejadas. Le dije que se casara conmigo, pero se negó, alegando que desconocía todas las circunstancias que forman mi personalidad.

Le hablé de mi amor por los animales, por lo libros, por la música, por lo niños e incluso por la arquitectura. Pero ella me rechazaba una y otra vez. Entonces le hablé del gran amor que sentía por ella, y que me comprometía a no hacerle proposiciones deshonestas hasta pocos días antes de nuestra boda. Tampoco aquello pudo convencerla.

Dirigí entonces mis ataques, haciéndole ver que yo era un gran patriota, un buen católico y un ferviente esclavo de la amistad. Mas tampoco aquello hizo mella en su indiferencia.

Por último, ya no sabiendo a qué recurrir para que accediera a mi deseo de matrimonio, le hablé –no se me había ocurrido antes- de mis posesiones, de mis bienes y riquezas, de mis fincas rústicas y urbanas, de mis cuentas corrientes en la mayoría de los Bancos.

¡Y se produjo el milagro! Me dijo que sí, que se casaría conmigo en cuanto yo quisiera.

¡Pensar que puede uno perder la gran ocasión de su vida por un pequeño fallo de la memoria! ¡Por un simple detalle!...


M.M.

lunes, 25 de febrero de 2013

SOBRE LOS LIBROS


Hace poco que he empezado a leer libros en un lector digital, al que le llaman e-book , por aquello de la facilidad del transporte, por sus múltiples herramientas (corrector, tipo y tamaño de la letra, anotaciones, diccionario…).

Sin embargo carecen de calor. Sí, me expresaré.  A mí, y cuando leo libros antiguos, por ejemplo, me produce una extraña sensación. Imagino que habrán tenido muchos otros dueños antes que yo. ¿De quién habrá sido este libro?, me pregunto.

Estoy convencido de que los libros viejos tienen algo especial, como si tuvieran alma. Como si guardaran el secreto de todos aquellos que los habían poseído con anterioridad. Porque cuando se lee un libro, en su lectura ponemos parte de nosotros mismos, de nuestra esencia, de nuestra alma, y el libro se impregna de ella.

Las palabras se mezclan con los pensamientos del que lo está leyendo y lo transforman. Por eso, un libro nunca es igual a otro, aunque sea el mismo ejemplar y la misma edición. Cuando salen de la imprenta sí son todos iguales, pero en el momento en el que alguien los lee adquieren una vida propia. Los libros se crean para leerse, no para estar en una biblioteca apilados. A mí me gusta dejar libros, aún a costa de saber que seguramente no me los devolverán. Al menos tengo la costumbre de firmarlos en el mismo momento en que los compro, así siento que siempre serán de mi propiedad.

También me gusta que mis amigos me prestaran otros, ya que es como si me entregasen una pequeña parte de sí mismos. Y es entonces cuando siento que ese libro vuelve a recuperar otra vida, vuelve a vivir, fluye por la vida de los demás.


M.M.

domingo, 3 de febrero de 2013

Un poco de historia


Al regreso de la batalla de los Treinta Años, don Iñigo López de Mendoza, Señor de Hita y Buitrago, Marqués de Santillana, llegaba un tanto envejecido. Hasta el punto de que su esposa y sus hijos siameses no lo reconocieron. Entonces el Marqués se retiró a un lejano Parador de Turismo, y se dedicó a escribir églogas, como podía haberse dedicado a cualquier otra chorrada. Una égloga estaba escribiendo, al estilo de Garcilaso, cuando fue precisamente Garcilaso de la Vega el que se sentó a su vera, en el soleado patio del parador, donde el agua de la fuente murmuraba, la luz sonreía, los pájaros revoloteaban, y las gallinas ponían un huevo detrás de otro huevo.

Garcilaso no dijo nada, pero bien que ocupóse de que la su rodilla izquierda rozara la derecha de Iñigo. Éste sonrojóse levemente y apartóse una cuarta sobre el banco de piedra. El de la Vega se le aproximó de inmediato y acarició con la su mano derecha la mejilla rosicler del Marqués. El cual dijo, bastante molesto: “Me da la impresión, Garcilaso, de que sois algo parguela. Vuestro comportamiento se me antoja equívoco”. “De equívoco nada, monada”, replicó Garcilaso. “Yo no equivoco a nadie”.

En esto, hizo acto de presencia el padre prior del Parador. El Parador era un antiguo monasterio que conservaba su patio, su claustro, su capilla abovedada, a la sazón comedor, y también conservaba a su padre prior. Y a sus gallinas. El venerable fraile, que se había percatado del acoso del poeta, reconvino a éste con palabras de amonestación. Pero esas palabras, que fueron fundamentales para el devenir de la Historia, las consideraremos más adelante.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Te estoy buscando a ti...


Me gustaría que cada noche fuera un principio y un fin.

Odio la rutina, los compromisos, la obligación de ser fiel a la imagen de tener que comportarme como tú esperas que me comporte.

Quiero que cada semana sea distinta. A veces me da la impresión de que me dejo llevar, de que no hago lo que yo quiero, sino lo que de mí se espera. A veces me pregunto si era esto lo que buscaba.  Si era esto lo que yo quería. 

Me gustaría empezar de nuevo cada día. Acércate como si me conocieras. Como si fuese la primera vez que pisas mi casa. Olvídate de lo que ayer hablamos, lo pasado es pasado. Esta noche es la noche.

martes, 23 de octubre de 2012

Y LLEGÓ ASIER.


Dicen los viejos corazones en sus años de acopio de experiencias,
que agosto es el mes que guarda el secreto de los doce meses completos.

Otros aducen también diciendo que agosto quien no goza de él está loco.

Yo he tenido la dicha de haberlo disfrutado con deleite, y con el mismo sentimiento sigo disfrutando lo que ese mes de este año me concedió.

Vino mi segundo nieto, Asier. Hermano de Gael. Fiel reflejo del misterio de la vida.

De esa vida que nos da felicidad y que, al mismo tiempo, por generosa, nos lleva hacia adelante formando un grupo de personas afines, cuyo nombre feliz, bien argumentado, excepcionalmente concebido, se llama familia.

Y llegó Asier.

Sí, llegó Asier. Y llegó con una carita preciosa y con manos de Ángel.

Y llegó para tomar su merecido puesto en su familia, en su casa, al lado de sus padres y de su hermano Gael.

Fue entonces cuando el mes de agosto dio de sí todo lo que llevaba dentro.

El sol corría de un lado a otro siempre consumiendo su mismo camino,
pero esta vez con más alegría, con soltura, con complacencia, pues veía que
su compañera, la luna, le sonreía desde la claridad del día para después
mostrarse de noche como una luna azul. La luna azul de agosto. Ella también celebró que Asier, el pequeño ruiseñor, estaba ya entre nosotros.

Él les llenó de felicidad de la misma forma que lo hizo con su familia.

Y lo hizo de una forma sencilla, como pidiendo paso entre su gente para estar con ellos.

Y… sí. Llegó Asier.

Alma divina y un tesoro que, nosotros, los suyos, guardaremos arropándolo con un amor inconmensurable.