“Si bien la muerte nos iguala a todos, nos queda la libertad de escoger la senda que más nos agrade, para llegar hasta ella. No debemos acusar al destino de nuestras desgracias que son las consecuencias de las opciones que hemos hecho. Si el hado nos depara un final idéntico podemos llegar a él por vías diferentes. Evitar que nuestro paso efímero por el mundo sea un tormento está en nosotros. En nuestra elección de vida, en lo que debemos y queremos ser”. De: “El confidente de cristal” FANTASÍAS INTERCALADAS. Nelson Barreiro Gougeon.
Cuantas más veces pienso en la cantidad de caminos que hay para llegar al mismo sitio, más pienso en la estupidez humana. Es una forma de comportarse. Ciertamente, algo o alguien debiera decirnos continuamente estas palabras y hacernos recapacitar en esta observación. De seguro que si todo el mundo fuese consciente de ello, nos miraríamos como compañeros de viaje, pero de un viaje de placer, a sabiendas de que no hay billetes de vuelta. Donde todos iríamos en fila pero sin montarnos los unos en los otros. Sin destrozar la vida del compañero de viaje. Sin tratar de pisotear a nadie. Con respeto y consideración al prójimo. Al individuo de al lado.
Qué inteligente sería poder elegir el uso del camino, es decir la elección de vida, lo que queremos ser, como dice el amigo Nelson. Pero también que esta elección fuera más fácil de conseguir que en la actualidad, en este mundo en el que vivimos.
Qué equivocación más torpe e insana cuando vemos los comportamientos generales de las personas entre ellas mismas. Si entre todos podemos hacer un edificio de ladrillos sólidos para que cuando hayamos partido lo puedan ocupar otros, tal vez nuestros hijos, ¿Por qué no lo hacemos? ¿Qué nos frena?
Es fácil de entender. El ego, la vanidad y la creencia de que somos únicos nos lleva a creer que una vez que se consiga, seremos mejores que los compañeros de viaje.
Pero si no lo conseguimos, entonces le echamos la culpa a terceros del causante de este final. Qué craso error.
Por otra parte es mucho más fácil estimular la vida desde cualquier punto de vista, que complicárnosla con el afán y la ambición desmedida. Y lo triste es que aún sabiéndolo, seguimos empeñados en continuar con el abatimiento de unos a otros. Con el orgullo, la codicia y vanidad como bandera, como estandarte de guerra.
¡Qué estupidez!
En este momento, cuando estoy escribiendo este razonamiento, me paro y me pregunto ¿estaré loco?
martes, 2 de marzo de 2010
miércoles, 24 de febrero de 2010
RELATO INCOMPRENDIDO
-Pues sí, amigo mío. Como te digo, para mantener un hogar... En fin, ya sabes lo que es un hogar...
-No, no sé qué es un hogar.
-Je, je. Claro que ahora no es como cuando vivía en mi casa, porque en casa de uno, estando la madre de uno... En fin, ya sabes lo que es una madre.
-No, no sé lo que es una madre.
-Je, je. Las cosas eran de otra manera. Ahora sí, tienes más libertad, entras y sales, haces lo que quieres, dispones de las cosas a tu antojo. En fin, ya sabes lo que es tener libertad...
-No. No sé lo que es tener libertad.
-Je, je. Naturalmente, llevándose uno bien con su mujer, todo cambia. Porque hay cada matrimonio... Cuando se está enamorado, todo se perdona, se disculpa. En fin, ya sabes lo que es tener una buena esposa...
-No. no sé lo que es tener una buena esposa.
-Je, je. Y menos mal que habiendo dinero se ve todo de otra forma. Porque no hay nada peor que no tenerlo. Si se tiene dinero no hay regañinas, ve uno el mundo de color de rosa. Todo es más... En fin, ya sabes lo que es tener dinero...
-No, no sé qué es tener dinero.
-Je, je. Pero no es eso lo peor. ¡La salud, amigo mío! ¿Y cuando no hay salud? Entonces sí que el mundo es un túnel negrísimo. Pero habiendo salud, hay fuerzas para lo que sea... para... Bueno, ya sabes lo que es tener buena salud...
-No, no sé qué es tener buena salud.
Je, je. ¡Ay, amigo! Menos mal que, de cuando en cuando, uno se distrae yendo a algún espectáculo. ¿Qué vas a hacer? ¡Hay que distraerse! ¡Divertirse! Pero divertirse... En fin, ya sabes lo que es divertirse...
-No, no sé qué es divertirse.
-Je, je. En fin todo esto es hablar por hablar. Pura divagación. Ya sabes lo que te quiero decir...
-No, no sé qué es lo que quieres decir.
-¡Bueno! ¡Pero... qué demonios haces tú en el mundo! ¡No sabes nada de nada! ¡No tienes nada! ¡No comprendes nada! ¡No esperas nada! ¡No dices nada! ¿Qué rábanos pintas tú aquí?
-Pues...
-No, no sé qué es un hogar.
-Je, je. Claro que ahora no es como cuando vivía en mi casa, porque en casa de uno, estando la madre de uno... En fin, ya sabes lo que es una madre.
-No, no sé lo que es una madre.
-Je, je. Las cosas eran de otra manera. Ahora sí, tienes más libertad, entras y sales, haces lo que quieres, dispones de las cosas a tu antojo. En fin, ya sabes lo que es tener libertad...
-No. No sé lo que es tener libertad.
-Je, je. Naturalmente, llevándose uno bien con su mujer, todo cambia. Porque hay cada matrimonio... Cuando se está enamorado, todo se perdona, se disculpa. En fin, ya sabes lo que es tener una buena esposa...
-No. no sé lo que es tener una buena esposa.
-Je, je. Y menos mal que habiendo dinero se ve todo de otra forma. Porque no hay nada peor que no tenerlo. Si se tiene dinero no hay regañinas, ve uno el mundo de color de rosa. Todo es más... En fin, ya sabes lo que es tener dinero...
-No, no sé qué es tener dinero.
-Je, je. Pero no es eso lo peor. ¡La salud, amigo mío! ¿Y cuando no hay salud? Entonces sí que el mundo es un túnel negrísimo. Pero habiendo salud, hay fuerzas para lo que sea... para... Bueno, ya sabes lo que es tener buena salud...
-No, no sé qué es tener buena salud.
Je, je. ¡Ay, amigo! Menos mal que, de cuando en cuando, uno se distrae yendo a algún espectáculo. ¿Qué vas a hacer? ¡Hay que distraerse! ¡Divertirse! Pero divertirse... En fin, ya sabes lo que es divertirse...
-No, no sé qué es divertirse.
-Je, je. En fin todo esto es hablar por hablar. Pura divagación. Ya sabes lo que te quiero decir...
-No, no sé qué es lo que quieres decir.
-¡Bueno! ¡Pero... qué demonios haces tú en el mundo! ¡No sabes nada de nada! ¡No tienes nada! ¡No comprendes nada! ¡No esperas nada! ¡No dices nada! ¿Qué rábanos pintas tú aquí?
-Pues...
lunes, 7 de diciembre de 2009
ESCEPTICISMO VIRTUAL
Es interesante, cuando menos, comprobar el escepticismo que muestran aquellas personas que no dominan el mundo de Internet y no digamos ya, del ordenador como tal.
El “escéptico” observa y opina desde una situación cómoda. No se preocupa de informarse aunque sea mínimamente, de qué es eso. Cuando lee o recibe noticias de que a través de Internet se han prostituido personas, que se venden fármacos sin escrúpulos, se comercia con el sexo de cualquier edad, se rompen matrimonios o cualquier otra noticia negativa, éste se alimenta de eso para después despotricar sobre la red de redes, llegando, incluso, a insultar al que sí conoce este mundo.
El “escéptico” ataca y ataca sin piedad. Lo hace de forma que el oponente no pueda defenderse. Sencillamente no le deja hablar. No oye su opinión.
Sin embargo este tipo de persona, ya sea en el entorno de sus amistades o en el de su propia familia, sí ha tenido, digamos, la “necesidad” de utilizar la red: cuando quiere saber ofertas para vacaciones, cuando quiere saber qué síntomas tiene tal enfermedad, cual es la nota que ha obtenido alguien de los suyos en la Universidad, buscar algo que hable de un tema en concreto que le preocupa o por el que tiene curiosidad, o bien qué cuenta un familiar que está lejos.
En fin tantas y tantas cosas (millones) de las que nos podemos beneficiar. Y no hablemos ya de la interconexión entre personas de todo el mundo.
Pero la enmienda es muy difícil de llevar a cabo con este tipo de personas que, a medida que va despotricando de lo que no conoce se va volviendo cada vez más detestable. No solo practica la política de oídos sordos, sino que todos ellos ya tienen preparada la misma respuesta a la pregunta de: ¿por qué no te preocupas de saber algo aunque sea un poco, de este mundo virtual?
-No, a mi se me dan muy mal esas cosas.
¡¡Pues no opine, y deje de despotricar, caramba!!
El “escéptico” observa y opina desde una situación cómoda. No se preocupa de informarse aunque sea mínimamente, de qué es eso. Cuando lee o recibe noticias de que a través de Internet se han prostituido personas, que se venden fármacos sin escrúpulos, se comercia con el sexo de cualquier edad, se rompen matrimonios o cualquier otra noticia negativa, éste se alimenta de eso para después despotricar sobre la red de redes, llegando, incluso, a insultar al que sí conoce este mundo.
El “escéptico” ataca y ataca sin piedad. Lo hace de forma que el oponente no pueda defenderse. Sencillamente no le deja hablar. No oye su opinión.
Sin embargo este tipo de persona, ya sea en el entorno de sus amistades o en el de su propia familia, sí ha tenido, digamos, la “necesidad” de utilizar la red: cuando quiere saber ofertas para vacaciones, cuando quiere saber qué síntomas tiene tal enfermedad, cual es la nota que ha obtenido alguien de los suyos en la Universidad, buscar algo que hable de un tema en concreto que le preocupa o por el que tiene curiosidad, o bien qué cuenta un familiar que está lejos.
En fin tantas y tantas cosas (millones) de las que nos podemos beneficiar. Y no hablemos ya de la interconexión entre personas de todo el mundo.
Pero la enmienda es muy difícil de llevar a cabo con este tipo de personas que, a medida que va despotricando de lo que no conoce se va volviendo cada vez más detestable. No solo practica la política de oídos sordos, sino que todos ellos ya tienen preparada la misma respuesta a la pregunta de: ¿por qué no te preocupas de saber algo aunque sea un poco, de este mundo virtual?
-No, a mi se me dan muy mal esas cosas.
¡¡Pues no opine, y deje de despotricar, caramba!!
lunes, 30 de noviembre de 2009
UNOS DIAS DE RELAJACIÓN
A dos millones de años luz de mi casa hay un balneario de aguas termales que he visitado recientemente. Y digo a esa distancia, porque todo lo que sea disponerse a salir de una Isla supone, en términos metafóricos, recorrer una distancia infinita. Así como para los que viven en la península supone una salida el desplazarse de una ciudad a otra, el efectuar el mismo trayecto desde una Isla suele ser más bien un viaje, pues forzosamente hay que viajar en barco o en avión.
El lugar no está mal. Como casi todos estos establecimientos, procuran estar apartados y lo dotan de la mayor tranquilidad y sosiego posible para sus clientes y visitantes. Todo tiene su horario. Los diferentes servicios que ofrecen así lo tienen programado. El centro médico, los enfermeros, los especialistas en dietética y masajes, el restaurante, el kiosco de prensa, en fin, todo.
Ah, también los pajaritos pían de 6,30 a 8 de la mañana y de 7 a 8,30 de la tarde. Sé bien lo que digo porque mi habitación daba justamente enfrente de la arboleda del paseo, y puedo asegurar que es precioso y tremendamente agradable el oír su cantar al despertar así como que sea su piar el primer sonido que recibas por la mañana.
¿A que ha quedado bonito lo que he dicho anteriormente sobre los pájaros? Bueno, pues, por el contrario, confirmo que otra cosa distinta es que 200.000.- pájaros (uno más o uno menos, tampoco vamos a discutir) piando al mismo tiempo sobre el mismo árbol, alrededor de hora y media y justo delante de tu balcón, tiene guasa. Eso no hay capacidad humana para aguantarlo. Y eso que le eché al asunto todo el amor que tengo hacia algunos animales. Pero ni eso fue capaz de calmarme los nervios en ese momento.
El ambiente en general es muy saludable. Antes de continuar debo decir que mi mujer y yo éramos los más jóvenes. De hecho nos podían confundir con unos chavalillos paseando entre los allí acomodados.
El ciclo de edad era superior, pero, además, la mayoría iba por necesidades puramente médicas o de tratamientos termales. Nosotros acudimos simplemente por relax. Los últimos acontecimientos en mi familia hacían del todo necesario estos días de paz y tranquilidad.
Han sido unos días realmente tranquilos en los que se puede decir que hemos conseguido el fin que perseguíamos. Posiblemente lo repitamos. No obstante, y en honor a la verdad, debo decir que la convivencia de estos días con las personas mayores, al margen de sus múltiples y variadas dolencias, ha sido gratificante.
La procedencia de estas personas era muy dispar, y sin embargo, ello no ha sido óbice para encontrar en ellas uno de los tesoros más preciados y que hoy día está escaseando. Me refiero a la educación.
He vuelto a revivir aquellas viejas “normas” de la educación. De aquella educación que se practicaba a nivel de calle. Con qué gusto te dicen “buenos tardes” cuando pasan a tu lado. “Buenos días” o “buenas noches” a la entrada en el comedor. O como cuando necesitan usar una silla y te la piden porque la que está en tu mesa está libre, pues lo hacen con el debido respeto y tratando de usted a quien no conoce. O simplemente te obsequian con una leve sonrisa cuando los cruzas por tu camino.
Estos detalles, que se multiplican a diario en estos sitios, son los que me hacen pensar que la juventud de estos tiempos que corren –generalizando, naturalmente- no está precisa y tristemente en esta línea. Mucho miedo me da que con esta o quizás las próximas generaciones se pierda esto que, a todas luces, son las normas más elementales de la convivencia humana.
Y la paradoja de todo esto es que, la mayoría de estas personas mayores a las que me refería no han tenido, en su gran mayoría, oportunidad de ir a la escuela. Esas viejas “normas” la han aprendido de sus padres, de lo que vieron, de lo que le dijeron, de la vida. No como ahora, que todo el mundo civilizado está escolarizado y con centros de altos niveles.
El lugar no está mal. Como casi todos estos establecimientos, procuran estar apartados y lo dotan de la mayor tranquilidad y sosiego posible para sus clientes y visitantes. Todo tiene su horario. Los diferentes servicios que ofrecen así lo tienen programado. El centro médico, los enfermeros, los especialistas en dietética y masajes, el restaurante, el kiosco de prensa, en fin, todo.
Ah, también los pajaritos pían de 6,30 a 8 de la mañana y de 7 a 8,30 de la tarde. Sé bien lo que digo porque mi habitación daba justamente enfrente de la arboleda del paseo, y puedo asegurar que es precioso y tremendamente agradable el oír su cantar al despertar así como que sea su piar el primer sonido que recibas por la mañana.
¿A que ha quedado bonito lo que he dicho anteriormente sobre los pájaros? Bueno, pues, por el contrario, confirmo que otra cosa distinta es que 200.000.- pájaros (uno más o uno menos, tampoco vamos a discutir) piando al mismo tiempo sobre el mismo árbol, alrededor de hora y media y justo delante de tu balcón, tiene guasa. Eso no hay capacidad humana para aguantarlo. Y eso que le eché al asunto todo el amor que tengo hacia algunos animales. Pero ni eso fue capaz de calmarme los nervios en ese momento.
El ambiente en general es muy saludable. Antes de continuar debo decir que mi mujer y yo éramos los más jóvenes. De hecho nos podían confundir con unos chavalillos paseando entre los allí acomodados.
El ciclo de edad era superior, pero, además, la mayoría iba por necesidades puramente médicas o de tratamientos termales. Nosotros acudimos simplemente por relax. Los últimos acontecimientos en mi familia hacían del todo necesario estos días de paz y tranquilidad.
Han sido unos días realmente tranquilos en los que se puede decir que hemos conseguido el fin que perseguíamos. Posiblemente lo repitamos. No obstante, y en honor a la verdad, debo decir que la convivencia de estos días con las personas mayores, al margen de sus múltiples y variadas dolencias, ha sido gratificante.
La procedencia de estas personas era muy dispar, y sin embargo, ello no ha sido óbice para encontrar en ellas uno de los tesoros más preciados y que hoy día está escaseando. Me refiero a la educación.
He vuelto a revivir aquellas viejas “normas” de la educación. De aquella educación que se practicaba a nivel de calle. Con qué gusto te dicen “buenos tardes” cuando pasan a tu lado. “Buenos días” o “buenas noches” a la entrada en el comedor. O como cuando necesitan usar una silla y te la piden porque la que está en tu mesa está libre, pues lo hacen con el debido respeto y tratando de usted a quien no conoce. O simplemente te obsequian con una leve sonrisa cuando los cruzas por tu camino.
Estos detalles, que se multiplican a diario en estos sitios, son los que me hacen pensar que la juventud de estos tiempos que corren –generalizando, naturalmente- no está precisa y tristemente en esta línea. Mucho miedo me da que con esta o quizás las próximas generaciones se pierda esto que, a todas luces, son las normas más elementales de la convivencia humana.
Y la paradoja de todo esto es que, la mayoría de estas personas mayores a las que me refería no han tenido, en su gran mayoría, oportunidad de ir a la escuela. Esas viejas “normas” la han aprendido de sus padres, de lo que vieron, de lo que le dijeron, de la vida. No como ahora, que todo el mundo civilizado está escolarizado y con centros de altos niveles.
martes, 17 de noviembre de 2009
Cantinflas
Este sí que era un humorista de los pies a la cabeza. Personaje, sin duda, que apareció al principio como despistado y bobalicón, pero que después fue convirtiéndose en un espabilado muy ocurrente y genuino.
Si hubiese sido presidente del gobierno de su país, sería más sonriente y alegre. Confiaría en las personas que son más inteligentes que él. Le preocuparía que sus conciudadanos fueran felices.
Sería un hombre de diálogos rápidos, situaciones chocantes. Trataría los asuntos de estado con humor procaz y simplista, en lugar del humor pobre y soez que se practica hoy día y que parece que está en boga.
Porque yo pienso que el humor está en la situación, no en la manera de contarlo o escribirlo. No sé donde leí una vez que el humor no se busca haciéndolo. El humor sobrevuela. Pero este hombre al que todo el mundo quiso, tanto en la pantalla como fuera de ella, se arrancaría la cabeza antes de que las colas del desempleo creciesen.
Sabría en todo momento establecer un orden de prioridades sin utilizar para ello papel ni lápiz. Sabría, porque así creció, que en la educación y formación de las personas está la solución a los muchos problemas que padecemos hoy día.
Pero, claro, estas decisiones las tomaría siendo, como fue, un humorista, actor y benefactor. No un político.
Si hubiese sido presidente del gobierno de su país, sería más sonriente y alegre. Confiaría en las personas que son más inteligentes que él. Le preocuparía que sus conciudadanos fueran felices.
Sería un hombre de diálogos rápidos, situaciones chocantes. Trataría los asuntos de estado con humor procaz y simplista, en lugar del humor pobre y soez que se practica hoy día y que parece que está en boga.
Porque yo pienso que el humor está en la situación, no en la manera de contarlo o escribirlo. No sé donde leí una vez que el humor no se busca haciéndolo. El humor sobrevuela. Pero este hombre al que todo el mundo quiso, tanto en la pantalla como fuera de ella, se arrancaría la cabeza antes de que las colas del desempleo creciesen.
Sabría en todo momento establecer un orden de prioridades sin utilizar para ello papel ni lápiz. Sabría, porque así creció, que en la educación y formación de las personas está la solución a los muchos problemas que padecemos hoy día.
Pero, claro, estas decisiones las tomaría siendo, como fue, un humorista, actor y benefactor. No un político.
martes, 27 de enero de 2009
El triángulo.
En el singular triángulo de las Bermudas andaluz, cuyos vértices ocupan Cádiz, Sevilla y Huelva, no es lo mismo tener gracia que ser un gracioso. Ser un gracioso, y subrayo el artículo indeterminado, es igual que ser un malage (mal ángel), un tío atravesado y poco de fiar. Por aquí abajo a mano izquierda, cuando de alguien se dice que es un gracioso, el sentido peyorativo está servido. Y sin embargo, cualquier ciudadano puede sentirse halagado cuando de él se comenta: ¡Qué gracia tiene el hijo de la gran puta! Curiosa semántica.
En el triángulo que he trazado, la gracia, cuando la hay, es finísima y muy profunda. Tan fina como el humor inglés, y tan profunda como la filosofía china. Un lord británico discípulo de Confucio, sería incapaz de pronunciar una sentencia tan sutil y tan rotunda como cualquiera de las muchas que en un momento dado pueda florecer en un ángulo del triángulo.
Un gaditano, un sevillano o un huelvano con gracia, son capaces de reírse, o mejor, sonreírse sin ánimo de molestar, no ya de su propia sombra, sino de su propia muerte. Lo cual es la quintaesencia de la espiritual finura.
En el triángulo que he trazado, la gracia, cuando la hay, es finísima y muy profunda. Tan fina como el humor inglés, y tan profunda como la filosofía china. Un lord británico discípulo de Confucio, sería incapaz de pronunciar una sentencia tan sutil y tan rotunda como cualquiera de las muchas que en un momento dado pueda florecer en un ángulo del triángulo.
Un gaditano, un sevillano o un huelvano con gracia, son capaces de reírse, o mejor, sonreírse sin ánimo de molestar, no ya de su propia sombra, sino de su propia muerte. Lo cual es la quintaesencia de la espiritual finura.
sábado, 10 de enero de 2009
Pásalo.
Anoche me tomé una pastilla para tranquilizarme y poder dormir mejor. Lo hago muy de tarde en tarde, cuando realmente el cuerpo me lo pide. Me levanto esta mañana fresco como una lechuga, me ducho, me afeito y me voy al bar del barrio a tomarme un café y leer el diario local que ofrece el bar a sus clientes.
No habían pasado ni diez minutos, y ya necesitaba otra pastilla. Esta era de pura necesidad y urgente. Empecé leyendo política y veo guerras y sangre en primera fila. En ellas, dolor y muerte. Al lado un anuncio de Ikea.
Paso a páginas de sociedad. ¡Amigo! Con la iglesia hemos topado. Una tía con la cara operada trescientas veces que roza la monstruosidad. La ex-mujer de un torero, hortera a más no poder, diciendo horteradas. Un alcalde ladrón dando lástima. Alguien que dice que una tal Ana Rosa es muy humilde.
Paso página de nuevo y miro los sucesos. La vuelvo a pasar en cuanto veo algo que empieza por: "acuchillado/a cuando se dirigía a...". En ese momento me traen el panecillo y el café.
Echo el aceite a la tostada y disuelvo el azúcar en el café. Abro de nuevo el Diario y prosigo en el capítulo de anuncios. Cerca de tres páginas enteras de gente pidiendo trabajo y vendiendo cosas.
Doy un sorbo al café y veo de reojo que las siguiente páginas están repletas de servicios de señoritas malas -o buenas, según se miren- donde caben hasta travestís.
Por fin llego a la siguiente página y me encuentro con una enorme esquela en la que se me informa de una defunción -esta vez, un conocido-.
Ahí desisto ya de continuar. Cierro el diario y lo pongo encima de la mesa. Doy un bocado al panecillo intentando olvidar lo leído para no deprimirme.
-Disculpe, ¿ese Diario es del bar? - me dice un fulano al acercarse a mi mesa.
-Sí, lléveselo.
No habían pasado ni diez minutos, y ya necesitaba otra pastilla. Esta era de pura necesidad y urgente. Empecé leyendo política y veo guerras y sangre en primera fila. En ellas, dolor y muerte. Al lado un anuncio de Ikea.
Paso a páginas de sociedad. ¡Amigo! Con la iglesia hemos topado. Una tía con la cara operada trescientas veces que roza la monstruosidad. La ex-mujer de un torero, hortera a más no poder, diciendo horteradas. Un alcalde ladrón dando lástima. Alguien que dice que una tal Ana Rosa es muy humilde.
Paso página de nuevo y miro los sucesos. La vuelvo a pasar en cuanto veo algo que empieza por: "acuchillado/a cuando se dirigía a...". En ese momento me traen el panecillo y el café.
Echo el aceite a la tostada y disuelvo el azúcar en el café. Abro de nuevo el Diario y prosigo en el capítulo de anuncios. Cerca de tres páginas enteras de gente pidiendo trabajo y vendiendo cosas.
Doy un sorbo al café y veo de reojo que las siguiente páginas están repletas de servicios de señoritas malas -o buenas, según se miren- donde caben hasta travestís.
Por fin llego a la siguiente página y me encuentro con una enorme esquela en la que se me informa de una defunción -esta vez, un conocido-.
Ahí desisto ya de continuar. Cierro el diario y lo pongo encima de la mesa. Doy un bocado al panecillo intentando olvidar lo leído para no deprimirme.
-Disculpe, ¿ese Diario es del bar? - me dice un fulano al acercarse a mi mesa.
-Sí, lléveselo.
martes, 4 de noviembre de 2008
Corría el año 1965...
Corría el principio de la primavera del año 1965 allá en mi pueblo. Éramos de familia, mi padre, mi madre, mi hermano pequeño y yo, que contaba ya entonces 13 años. Mi padre tenía un pequeño bar alquilado con derecho a vivienda, hasta que todo le fue mal.
El bar tuvo que ser cerrado y lógicamente también la casa. En el pueblo no había trabajo y menos para un hombre de 47 años. Lo más importante, que era un sitio donde poder vivir se solucionó rápidamente, ya que tenía un matrimonio amigos íntimos que nos acogieron en su casa.
Esa casa era enorme, como la mayoría de casas de los pueblos de Andalucía, y nos cedió la primera planta que tenía inhabitada. Nunca se me olvidará el cambio de los pocos muebles que teníamos y lo traumático de ese momento sobre todo para mis padres. Nosotros éramos unos chavalillos. Esa familia fue nuestra salvación pues nos honró con su amistad en todos los ámbitos que este concepto pueda tener, duradero hasta nuestros días, aunque algunos ya han desaparecido.
A la vista de la situación laboral en el pueblo, mi padre, optó por irse a buscar trabajo a Benidorm –en aquellas fechas era la ciudad turística por excelencia, a la que acudía la gente a tratar de ganar un sustento-. No se me olvidará el día que se marchó. Era la primera vez que mis padres se separaban. La maleta, y dentro de ella chaqueta y camisa blancas, pantalones y corbata negros, era la indumentaria imprescindible para ejercer de camarero en aquellas fechas, pues él solo conocía esa profesión y la de obrero del campo, que le venía de familia.
Durante el tiempo que estuvo por aquellas tierras no logró trabajo alguno. Quizás porque las fechas ya eran adelantadas en la temporada turística, o bien porque tenía 47 años y los preferían jóvenes. Yo que sé.
Mientras, en el pueblo transcurrían los días. Recuerdo a mi madre esperando la hora en que el cartero acostumbraba pasar por casa para dejar correo. Estaba nerviosa y no hacía más que salir a la calle y, desde la puerta, mirar a lo largo a ver si lo veía venir. Pobre mujer. Cuántas noches en vela pensando en la situación en que nos encontrábamos y sin ver salida alguna. Un futuro incierto a mitad de vida y con dos niños aún pequeños.
Recuerdo con extraordinaria exactitud una mañana de domingo que recibimos la visita del propietario de un bar que había al lado de la alameda del pueblo, y le pidió a mi madre la posibilidad de que yo fuese a trabajar los domingos a su bar, pues le hacía falta un mozalbete. Ese propietario era amigo de mi padre y quería ayudar de alguna manera. Esto resultó ser otra situación nueva para ella, pues nadie de la familia había trabajado jamás para otros. Evidentemente la situación económica de la familia, de la que no he hablado, no era precisamente de las que permiten tener un respaldo para poder afrontar cualquier contrariedad que pueda presentarse en una familia, y mucho menos de aquella envergadura.
El caso es que, ella, muy a su pesar, lloraba cuando me decía que se haría lo que yo quisiese. Yo no me lo pensé dos veces y accedí. Hasta que llegó el domingo debo confesar que estaba muy nervioso. Había que tener en cuenta que iba a trabajar en un establecimiento que no era el de casa, que había unos dueños, que me encontraría con otros compañeros desconocidos, que la clientela –de fijo- me conocería. En fin, que incluso llegué a pensar que no daría la talla.
Todo eso se disipó en la primera toma de contacto, puesto que me dieron un montón de mesas en una enorme terraza, y entre propinas y el pequeño sueldo llegué reventado a casa, pero con las manos “llenas” de dinero. ¡Dios mío! a mi corta edad y ya estaba entregando mi primer sueldo en casa y lo entregué con un sentimiento de orgullo extraordinario. Recuerdo que era verano y que llegué tarde, casi de madrugada, y me encontré a mi madre esperándome a esa hora sentada en una silla a la puerta de la casa. Al verme muy cansado me dijo que no fuera más, pero yo le animé y le dije que me gustaba y que no era ningún esfuerzo. Así continué alrededor de un mes más.
Las cartas que íbamos recibiendo de mi padre no eran muy halagüeñas. No lograba encontrar trabajo y el que encontraba era por horas y tampoco todos los días. Dado que el dinero se le acababa optó por volver al pueblo a intentar de nuevo otra cosa, aunque sea de camarero en otro bar, o irse al campo, en fin seguir buscando pero ya desde el pueblo.
No recuerdo bien el tiempo que estuvo mi padre en la costa levantina buscando trabajo, pero cerca de dos meses o así. Puedo asegurar que a pesar de las circunstancias, la alegría que teníamos en casa al saber que venía era mayúscula. Recuerdo que mi hermano le repetía a mi madre -¿Qué nos va a traer?-. Pobrecillo no era aún consciente de la situación. Él seguía aún en el colegio.
Ni que decir tiene que la llegada de mi padre supuso una enorme alegría, no en vano, era la primera vez que mi padre se había separado de su familia. Pero esta alegría fue efímera ya que nos encontrábamos en el mismo punto de partida, y por lo tanto había que seguir buscando sin importar destino.
A todo esto, Milagros y Antonio, la familia que gentilmente nos acogió en su casa, trataba por todos les medios que en casa no faltase de nada a ninguno de nosotros, dándonos siempre apoyo moral, económico, y material. Todo ello aplicado con cariño, entereza, altruismo y una exquisita generosidad. Valores y sentimientos que han continuado hasta nuestros días.
Mi primo Antonio hacía ya tiempo que se fue a trabajar a Ibiza, donde gozaba ya por aquellos entonces de un buen trabajo estable. Enterado éste de nuestra situación nos llamó un día para decirnos que había podido encontrar trabajo para mí en un hotel de playa como friegaplatos de cocina. En honor a la verdad, hay que decir que también nos echó una mano mi prima Paqui, que trabajaba en el mismo hotel.
Bueno, por fin ya podía trabajar alguien y empezar a aportar algo a la casa.
Al no poder viajar sólo debido a mi corta edad, me acompañó mi padre en el viaje. Viaje que fue muy largo, y para el cual mi madre nos preparó algo de comida en fiambreras y dentro de una cesta de mimbre. El vagón del tren tenía asientos muy incómodos con listones de madera que se clavaban en la espalda y que mi padre habilitó de la mejor forma que le fue posible para que yo me encontrase a gusto. El tren, además de lento, efectuaba muchísimas paradas en los pueblos. Yo quedé dormido, y en una de estas paradas -recuerdo que estaba amaneciendo- desperté y fui a buscarlo. En ese momento viví una experiencia que aún tengo grabada en mi corazón. Mi padre estaba al final del corredor apoyado en la ventanilla entreabierta. Me acerqué a él y observé como tenía la vista perdida en el horizonte. Sostenía un cigarrillo. Estaba solo y llorando. Nunca había visto llorar a mi padre.
En aquel tiempo no pude comprender bien el significado de aquellas lágrimas en soledad. Ahora sé que mi padre estaba viviendo y sufriendo en propia carne la terrible experiencia de la inmigración. Todo aquello era nuevo y por consiguiente incierto. Ahora que soy cabeza de familia comprendo mucho mejor aquella situación amarga.
Al llegar a Ibiza, mi primo le dijo que se quedase unos días, y que una vez aquí se buscaría trabajo para él. Hubo mucha dificultad, pues hay que tener en cuenta que la temporada alta ya había empezado y estaba más o menos por la mitad. Creo que recordar que era finales de Julio, y por lo tanto todos los establecimientos hoteleros tenían ya su plantilla completa.
Mi padre pudo, al fin, encontrar trabajo de camarero en el aeropuerto. Por lo que nos encontramos trabajando los dos cada uno en una punta de la isla. Por aquellas fechas no todo el mundo tenía vehículo, así que tan solo fue posible ver a mi padre unas cuatro veces en tres meses. Recuerdo que ello me costó no pocas lágrimas, pues tan solo en unos días, me encontré totalmente sólo y mi familia lejos y repartida.
No sin esfuerzo y pasado más de un año pudimos ya aventurarnos a traer al resto de mi familia, mi madre y mi hermano. Esto no era lo pensado en un principio, pues teníamos en mente trabajar la temporada alta y volver al pueblo, como hacían los demás inmigrantes. Pero otra vez mi primo Antonio, con buen raciocinio, nos alentó a que nos quedásemos también en invierno. Así que pusimos proa al invierno y nos fue bien.
Así fue como empezó la singladura de la nueva vida de toda mi familia en Ibiza, lejos de nuestra tierra, de nuestros amigos, de nuestras costumbres. Era evidente que no había que mirar hacia atrás, ya que todos éramos jóvenes y con fuerzas más que suficientes para empujar este carro de la inmigración, que tan frío y desangelado se muestra cuando presenta su cara de frente.
En este punto empezó, como dije antes, una nueva etapa de nuestra vida. Siempre he tenido esa sensación oculta. La sensación de haber partido mi vida en dos etapas. Una de inocencia y niñez, y la otra de juventud temprana, siempre con la sensación de que la viví muy de prisa. Eran ya tiempos de trabajo y de sacrificio para poder conseguir un mejor nivel de vida y aliviar la penosa oscuridad que representó fechas atrás la situación familiar vivida.
El bar tuvo que ser cerrado y lógicamente también la casa. En el pueblo no había trabajo y menos para un hombre de 47 años. Lo más importante, que era un sitio donde poder vivir se solucionó rápidamente, ya que tenía un matrimonio amigos íntimos que nos acogieron en su casa.
Esa casa era enorme, como la mayoría de casas de los pueblos de Andalucía, y nos cedió la primera planta que tenía inhabitada. Nunca se me olvidará el cambio de los pocos muebles que teníamos y lo traumático de ese momento sobre todo para mis padres. Nosotros éramos unos chavalillos. Esa familia fue nuestra salvación pues nos honró con su amistad en todos los ámbitos que este concepto pueda tener, duradero hasta nuestros días, aunque algunos ya han desaparecido.
A la vista de la situación laboral en el pueblo, mi padre, optó por irse a buscar trabajo a Benidorm –en aquellas fechas era la ciudad turística por excelencia, a la que acudía la gente a tratar de ganar un sustento-. No se me olvidará el día que se marchó. Era la primera vez que mis padres se separaban. La maleta, y dentro de ella chaqueta y camisa blancas, pantalones y corbata negros, era la indumentaria imprescindible para ejercer de camarero en aquellas fechas, pues él solo conocía esa profesión y la de obrero del campo, que le venía de familia.
Durante el tiempo que estuvo por aquellas tierras no logró trabajo alguno. Quizás porque las fechas ya eran adelantadas en la temporada turística, o bien porque tenía 47 años y los preferían jóvenes. Yo que sé.
Mientras, en el pueblo transcurrían los días. Recuerdo a mi madre esperando la hora en que el cartero acostumbraba pasar por casa para dejar correo. Estaba nerviosa y no hacía más que salir a la calle y, desde la puerta, mirar a lo largo a ver si lo veía venir. Pobre mujer. Cuántas noches en vela pensando en la situación en que nos encontrábamos y sin ver salida alguna. Un futuro incierto a mitad de vida y con dos niños aún pequeños.
Recuerdo con extraordinaria exactitud una mañana de domingo que recibimos la visita del propietario de un bar que había al lado de la alameda del pueblo, y le pidió a mi madre la posibilidad de que yo fuese a trabajar los domingos a su bar, pues le hacía falta un mozalbete. Ese propietario era amigo de mi padre y quería ayudar de alguna manera. Esto resultó ser otra situación nueva para ella, pues nadie de la familia había trabajado jamás para otros. Evidentemente la situación económica de la familia, de la que no he hablado, no era precisamente de las que permiten tener un respaldo para poder afrontar cualquier contrariedad que pueda presentarse en una familia, y mucho menos de aquella envergadura.
El caso es que, ella, muy a su pesar, lloraba cuando me decía que se haría lo que yo quisiese. Yo no me lo pensé dos veces y accedí. Hasta que llegó el domingo debo confesar que estaba muy nervioso. Había que tener en cuenta que iba a trabajar en un establecimiento que no era el de casa, que había unos dueños, que me encontraría con otros compañeros desconocidos, que la clientela –de fijo- me conocería. En fin, que incluso llegué a pensar que no daría la talla.
Todo eso se disipó en la primera toma de contacto, puesto que me dieron un montón de mesas en una enorme terraza, y entre propinas y el pequeño sueldo llegué reventado a casa, pero con las manos “llenas” de dinero. ¡Dios mío! a mi corta edad y ya estaba entregando mi primer sueldo en casa y lo entregué con un sentimiento de orgullo extraordinario. Recuerdo que era verano y que llegué tarde, casi de madrugada, y me encontré a mi madre esperándome a esa hora sentada en una silla a la puerta de la casa. Al verme muy cansado me dijo que no fuera más, pero yo le animé y le dije que me gustaba y que no era ningún esfuerzo. Así continué alrededor de un mes más.
Las cartas que íbamos recibiendo de mi padre no eran muy halagüeñas. No lograba encontrar trabajo y el que encontraba era por horas y tampoco todos los días. Dado que el dinero se le acababa optó por volver al pueblo a intentar de nuevo otra cosa, aunque sea de camarero en otro bar, o irse al campo, en fin seguir buscando pero ya desde el pueblo.
No recuerdo bien el tiempo que estuvo mi padre en la costa levantina buscando trabajo, pero cerca de dos meses o así. Puedo asegurar que a pesar de las circunstancias, la alegría que teníamos en casa al saber que venía era mayúscula. Recuerdo que mi hermano le repetía a mi madre -¿Qué nos va a traer?-. Pobrecillo no era aún consciente de la situación. Él seguía aún en el colegio.
Ni que decir tiene que la llegada de mi padre supuso una enorme alegría, no en vano, era la primera vez que mi padre se había separado de su familia. Pero esta alegría fue efímera ya que nos encontrábamos en el mismo punto de partida, y por lo tanto había que seguir buscando sin importar destino.
A todo esto, Milagros y Antonio, la familia que gentilmente nos acogió en su casa, trataba por todos les medios que en casa no faltase de nada a ninguno de nosotros, dándonos siempre apoyo moral, económico, y material. Todo ello aplicado con cariño, entereza, altruismo y una exquisita generosidad. Valores y sentimientos que han continuado hasta nuestros días.
Mi primo Antonio hacía ya tiempo que se fue a trabajar a Ibiza, donde gozaba ya por aquellos entonces de un buen trabajo estable. Enterado éste de nuestra situación nos llamó un día para decirnos que había podido encontrar trabajo para mí en un hotel de playa como friegaplatos de cocina. En honor a la verdad, hay que decir que también nos echó una mano mi prima Paqui, que trabajaba en el mismo hotel.
Bueno, por fin ya podía trabajar alguien y empezar a aportar algo a la casa.
Al no poder viajar sólo debido a mi corta edad, me acompañó mi padre en el viaje. Viaje que fue muy largo, y para el cual mi madre nos preparó algo de comida en fiambreras y dentro de una cesta de mimbre. El vagón del tren tenía asientos muy incómodos con listones de madera que se clavaban en la espalda y que mi padre habilitó de la mejor forma que le fue posible para que yo me encontrase a gusto. El tren, además de lento, efectuaba muchísimas paradas en los pueblos. Yo quedé dormido, y en una de estas paradas -recuerdo que estaba amaneciendo- desperté y fui a buscarlo. En ese momento viví una experiencia que aún tengo grabada en mi corazón. Mi padre estaba al final del corredor apoyado en la ventanilla entreabierta. Me acerqué a él y observé como tenía la vista perdida en el horizonte. Sostenía un cigarrillo. Estaba solo y llorando. Nunca había visto llorar a mi padre.
En aquel tiempo no pude comprender bien el significado de aquellas lágrimas en soledad. Ahora sé que mi padre estaba viviendo y sufriendo en propia carne la terrible experiencia de la inmigración. Todo aquello era nuevo y por consiguiente incierto. Ahora que soy cabeza de familia comprendo mucho mejor aquella situación amarga.
Al llegar a Ibiza, mi primo le dijo que se quedase unos días, y que una vez aquí se buscaría trabajo para él. Hubo mucha dificultad, pues hay que tener en cuenta que la temporada alta ya había empezado y estaba más o menos por la mitad. Creo que recordar que era finales de Julio, y por lo tanto todos los establecimientos hoteleros tenían ya su plantilla completa.
Mi padre pudo, al fin, encontrar trabajo de camarero en el aeropuerto. Por lo que nos encontramos trabajando los dos cada uno en una punta de la isla. Por aquellas fechas no todo el mundo tenía vehículo, así que tan solo fue posible ver a mi padre unas cuatro veces en tres meses. Recuerdo que ello me costó no pocas lágrimas, pues tan solo en unos días, me encontré totalmente sólo y mi familia lejos y repartida.
No sin esfuerzo y pasado más de un año pudimos ya aventurarnos a traer al resto de mi familia, mi madre y mi hermano. Esto no era lo pensado en un principio, pues teníamos en mente trabajar la temporada alta y volver al pueblo, como hacían los demás inmigrantes. Pero otra vez mi primo Antonio, con buen raciocinio, nos alentó a que nos quedásemos también en invierno. Así que pusimos proa al invierno y nos fue bien.
Así fue como empezó la singladura de la nueva vida de toda mi familia en Ibiza, lejos de nuestra tierra, de nuestros amigos, de nuestras costumbres. Era evidente que no había que mirar hacia atrás, ya que todos éramos jóvenes y con fuerzas más que suficientes para empujar este carro de la inmigración, que tan frío y desangelado se muestra cuando presenta su cara de frente.
En este punto empezó, como dije antes, una nueva etapa de nuestra vida. Siempre he tenido esa sensación oculta. La sensación de haber partido mi vida en dos etapas. Una de inocencia y niñez, y la otra de juventud temprana, siempre con la sensación de que la viví muy de prisa. Eran ya tiempos de trabajo y de sacrificio para poder conseguir un mejor nivel de vida y aliviar la penosa oscuridad que representó fechas atrás la situación familiar vivida.
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