jueves, 22 de septiembre de 2016

SER ANÓNIMO

Estoy cada vez más convencido de que cada día soy más feliz de ser una persona anónima. Y que hago lo que me da la gana. Es horroroso que te estén cuestionando a cada minuto, la gente es tan susceptible que es una presión inaguantable.

Ya no se puede decir manicomio, ni trabajo como un negro, o como un chino, en fin que cada cual salta por algo y esto es inaguantable.

Sin embargo voy a decirles algo que he aprendido: de todos los derechos que tiene un hombre, el más importante es el derecho a equivocarse, a ser consciente de ello, a ponerlo en valor y a que eso no sea una condena de por vida.

Cuando pienso estas cosas y las plasmo en papel no sé bien si son pensamientos de un ignorante sabio o de un genio paleto.

De todas formas, me apunto a ir con aquellos que van por la vida con voz dulce y paciente repartiendo cariño y alegría sin llevar la cuenta. Porque somos lo que somos y hagamos lo que hagamos, ningún hecho se alterará. El molde que conforma nuestro carácter sigue intacto. Llamémosle herencia, llamémosle azar…

Y les puedo asegurar que, al menos yo, estoy lleno de limitaciones

viernes, 8 de julio de 2016

MI COLEGIO



Serían las siete y media de la mañana, cuando mi madre me despertaba para lavarme, vestirme con el uniforme y calzarme unas botas de goma. Desayunaba rebanadas de pan frito y leche caliente. Cogía mi cartera de doble hebilla con mi libro, un cuaderno y mi lapicero; una especie de baulito con algunos lápices de colores, lápiz negro, sacapuntas y un pedazo de goma de borrar.

Eran ya las ocho y media de cualquier día de cualquier año a finales de los cincuenta del pasado siglo, cuando me disponía a ir al colegio debiendo atravesar más de medio pueblo con calles de pavimento maltrecho que, cuando llovía –y era muy frecuente-, se formaban charcos a veces imposible de sortear y que yo disfrutaba pasando a través de ellos con mis botas de goma, o con botas de agua, como le llamábamos también.

Recuerdo el gentío que se formaba en la puerta de la cancela del cole y que se iba haciendo cada vez mayor a medida que se iban agolpando los niños procedentes de las calles adyacentes.

Cuando el bedel del colegio abría la cancela, rápidamente nos alineaba en el patio en filas iguales y por clases. Curiosamente, las clases, aunque estuviesen numeradas tanto en el primer como en el segundo piso, éstas se conocían por el nombre del maestro que las ocupaba, así era la clase de Don Fernando, la de Don Eugenio, la de Don Abelino, etc… Y todos ellos estaban ya fuera para ordenar las filas de los niños, y digo niños, porque para la niñas había otro colegio a la otra punta del pueblo.

Cuando llovía, formábamos en los pasillos de la escuela. Pero jamás dejábamos de cantar todos juntos una canción que se llamaba “Cara al Sol” que ya cantábamos de corrido y con el tono debido. Lo que no entendíamos ninguno era no ya el significado de su letra, sino también, el por qué había que tener el brazo alzado y la mano abierta hacia abajo. Tampoco nos preocupaba, qué más daba. Se hacía y nada más.

Una vez terminado el canto, sin romper la fila, nos dirigíamos a clase. Todas las clases eran iguales, con pupitres de madera para dos personas, con la tapa ligeramente inclinada hacia los asientos y con un agujero en la parte alta del centro sonde se colocaba el tintero que, para cuando pasásemos del lápiz a la pluma, utilizaríamos con un plumín simple y muy rudimentario con mango de madera.

Recuerdo con interés que cuando el pupitre se manchaba de gotas de tinta, utilizábamos un trozo de cristal roto para rascar la madera y evitar así una reprimenda. Además, este mismo cristal servía para afinar la punta de los lápices.

De espaldas a la mesa del maestro una enorme pizarra negra y varios trozos de tiza blanca en su base, y cada mañana nos encontrábamos ya escrita lo que llamaban la “consigna” del día; consistía en un par de párrafos aludiendo al honor, la autoridad del padre y del maestro, la dignidad humana, la responsabilidad del padre, las normas y el bien común. Cosas así, pero que nosotros las acatábamos como una asignatura más.

Justo por encima de la pizarra había colgado un crucifijo en el centro de la pared, escoltado a ambos lados de una foto de Franco y otra de José Antonio Primo de Rivera.

Llegada la hora del recreo, nos daban unos trozos de queso amarillo muy consistente unas veces, otras, leche en polvo, y así íbamos alimentados toda la mañana. Seguidamente jugábamos a distintos juegos; al trompo, a los cromos, canicas, intercambio de gusanos de seda… y otros que ahora no recuerdo.

Y así, día a día, fui aprendiendo multitud de cosas y guardando un montón de amigos y recuerdos, hasta que las cosas fueron mal en mi familia y hubo que emigrar.

Para la pobreza que se vivía en aquellos años, nos formaron bien, pues no sólo se trataba del aprendizaje didáctico, sino del cívico. Supimos captar el respeto, la educación, las formas y el compañerismo.

Varios años más tarde, me enteré (nos enteramos) quién era Franco, quién José Antonio y que la canción que cantábamos cada mañana, así como lo del brazo alzado, eran signo del franquismo y que era “una cosa mala”.

Me da exactamente igual. Estudié a gusto, tuve mis ilusiones cubiertas, iba con agrado al cole, me gustaba aprender a esa temprana edad. Guardo un grato recuerdo de esa parte de mi niñez y puedo asegurar ahora que tuve buenos cimientos para afrontar la vida  que vino después y comprender mejor los cambios.

Una vida en la que hay que ser tan astuto como para ser capaz de convertir las migajas en raciones.

viernes, 1 de julio de 2016

ETAPAS DE LA VIDA. Mi experiencia.

Aquél lugar siempre tendrá un aura desangelado, no ya por lo que representa y se dedica, sino porque la sociedad lo creó ya con esa idea, donde lo peor que lo han llamado ha sido cementerio de elefantes.

Diariamente he acudido durante unos pocos años para asistir, acompañar y llevar soplos de vida a ese edificio frío que acoge a personas mayores en el último viaje de sus vidas. Poco tiempo me hizo falta para perder ese miedo que la palabra asilo ya transmite por sí sola.

Con paso calmo, acostumbraba a entrar en él cada mañana. Al principio mi vista iba dirigida siempre al ir y venir de ancianos, unos andando, otros con ayuda y los más en sillas de ruedas. Miraba, como inspeccionando, los diferentes servicios que allí se prestan, los muebles, la cocina, las salas de juego, la capilla…

Todo eso se fue desvaneciendo en la misma proporción en la que iba creciendo mi interés por las personas que allí residían. “Se le llama Residencia” no asilo –me apuntaba una monja.

En cualquier caso, dejé de interesarme en todo lo que he relatado para recabar en las personas mayores. Con el roce diario, uno conoce a muchas de ellas. Cada persona representaba una vida distinta, un largo periodo vivido, una experiencia acumulada. Y con ello, se alejaron de mí todos esos augurios que se proyectan desde fuera para infundirme otro tipo de sentimientos. Son seres humanos que convivían otra etapa más de sus vidas. Allí fue donde mayormente aprendí a escuchar y observar. Allí me di cuenta de que las palabras amor y cariño adquieren otra dimensión. Sí, éstas se convierten en un extraño mecanismo que nos hace sentir como propios los sentimientos de los demás.

Muy pronto entablé una relación cordial y amena con varios de sus moradores.

Pepe, en silla de ruedas, no hacía apenas gestos. Le temblaban la manos y se mostraba siempre inquieto. “No habla” –me decían. Le ayudé a comer durante un largo tiempo. Un día se me ocurrió darle de comer a otros comensales de la mesa redonda y dejarle a él para el final. Me miraba fijo y se le notaba que su mirada era distante y hasta de malas pulgas. Pepe, al ver que tardaba yo en ir a su lado, dijo entonces y casi gritando: “Manuel”. ¡Habló! ¡Pepe había hablado! Los auxiliares y yo no dábamos crédito.

No dijo una palabra más hasta que, pasado un tiempo, pedí la posibilidad de darle un vaso de vino tinto en la comida, y accedieron. Jaja, fue tremendo que, al ponerle el vaso junto al plato, me dijo con ojos agradecidos: “Tú ets de bona pasta” (tú eres de buena pasta). Genial el amigo Pepe.

María era una señora delgada que tampoco podía andar. Tez blanca y cuidada. Pelo gris canoso pero brillante. Mujer guapísima. Le era imposible masticar y necesitaba una persona sólo para ella a la hora del comedor, razón por la que la dejaban para el final. No articulaba palabra alguna pero solía ser de sonrisa fácil.
Cierto día no quería comer y al verla desde la mesa que yo tenía asignada, me presté a intentarlo por primera vez. También era nuevo para mí utilizar una jeringuilla para alimentarla.

-Hola, María. Soy Manuel. -Me presenté a sabiendas de que no contestaría, pero me miró aunque de una forma desinteresada.

Le hice un pequeño y tonto juego de manos con una moneda, y me siguió a la perfección pues reía a gusto cuando vio que la moneda desaparecía para aparecer posteriormente de debajo de su pronunciada barbilla. Momento que aproveché para introducir la infernal jeringuilla en su boca. A partir de ese día, y viendo que comió razonablemente bien, me encargué de darle su ración diariamente. Al cabo de apenas una semana, ya giraba la cabeza y sus ojos me buscaban por el comedor. Congeniamos bien. Perdió la posibilidad de hablar, pero puedo asegurar que sus ojos se encargaban de hacerlo.

-María –le decía yo. Esta noche vendré a recogerla y nos iremos en mi coche a pasear por el puerto y después a bailar.

Recuerdo que ese día no sólo sonrió abiertamente sino que, hasta se sonrojó. A mí me hizo feliz en ese momento. Días más tarde se puso malita y se la llevaron al hospital. Allí se nos fue de una pulmonía. No quise ir al entierro, pero sí fueron sus dos hijos. Así me enteré de que tenía familia.

Eduardo, otro residente, caminaba ayudado de un andador. El hombre era de una edad imprecisa. Tenía barba blanca e hirsuta, cabello ralo, pómulos y mentón afilados y emanaba un singular magnetismo. Su voz y sus gestos le otorgaban autoridad.

Sin embargo, Eduardo no hacía más que quejarse, sollozando, de que su familia no había ido a verle esas navidades, y eso que la mayoría de sus hijos vivían en la isla. Yo trataba de hablarle de otras cosas, pero sobre todo de libros y escritores. Eso le animaba a charlar conmigo. Pero supe por las monjas que enseguida volvía otra vez a quejar de nuevo de lo que constituía para él algo incomprensible.

Y como estas vivencias que -posiblemente para algunos, sean catalogadas de historietas-, le puedo contar otras tantas y algunas de ellas divertidas. Pero lo haré en otra ocasión.


Este es el resultado enriquecedor que absorbí en mi vida y que siguen marcando huella a pesar de mi madurez temprana. No es un mundo imaginario. No se trata de una novela del algún género. No. Es vida real y tangible y está transcurriendo diariamente aquí cerca, en su ciudad y quizás a dos manzanas de su casa.

viernes, 20 de mayo de 2016

NOSTALGIAS DE MARCELINO

      Ahora, a su jubilación, y en una mañana no muy fría, a Marcelino le gusta tomar el sol temprano en los albores de la primavera ibicenca, sentado en uno de los bancos del tranquilo y acogedor Parque de La Paz que la ciudad ofrece.

     Suele charlar con otros compañeros de tertulia de todos los temas que van aflorando a medida que avanza la mañana. Pero, sobre todo, nunca falta la mirada hacia atrás a su vida, a su juventud. Es algo que se produce irremediablemente en todo ser humano a medida que avanzan los años.

     Marcelino recordaba cómo fue su encuentro con Ibiza. Tan sólo contaba con catorce años cuando, forzado por las circunstancias, vio truncada su niñez al tener que experimentar en propia carne la vivencia del sabor amargo de la inmigración no procurada.

     A la vista de la situación laboral en el pueblo, su padre optó por irse a buscar  trabajo a Benidorm –en aquellas fechas era la ciudad turística por excelencia,  a la que acudía la gente a tratar de ganar un sustento-. No se le olvidará el día que se marchó. Era la primera vez que sus padres se separaban. La maleta, y dentro de ella chaqueta  y camisa blancas, pantalones y corbata negros, era la indumentaria imprescindible para ejercer de camarero en aquellas fechas, pues él solo conocía esa profesión y la de obrero del campo, que le venía de familia. A través de un familiar encontró trabajo en Ibiza, aunque sólo para Marcelino.

     Allá, en el colegio de su humilde pueblo andaluz estudió todas las regiones de España, y todas estaban muy lejos. Nada, absolutamente nada, presagiaba que su vida iba a ser vivida en aquellas Islas situadas en el Mediterráneo, que se le antojaba muy distantes hasta en el mismo mapa.

     Al no poder  viajar sólo debido a su corta edad, le acompañó su padre en el viaje. Viaje que fue muy largo, y para el cual su madre les preparó algo de comida en fiambreras y dentro de una cesta de mimbre. El vagón del tren tenía asientos muy incómodos con listones de madera que se clavaban en la espalda y que su padre habilitó de la mejor forma que le fue posible para que Marcelino se encontrase a gusto. El tren, además de lento, efectuaba muchísimas paradas en los pueblos. Quedó dormido, y en una de aquellas paradas -recuerda que estaba amaneciendo- despertó y fue a buscarlo. En ese momento vivió una experiencia que aún tenía grabada en su corazón. Su padre estaba al final del corredor apoyado en la ventanilla entreabierta. Se acercó a él y observó cómo tenía la vista perdida en el horizonte. Sostenía un cigarrillo. Estaba solo y llorando. Nunca había visto llorar a su padre.

     Al ver el mar por primera vez, Marcelino creía que los barcos navegaban surcando los mares al más puro estilo de las embarcaciones que Errol Flynn capitaneaba en sus películas. Tal era la ignorancia de un adolescente que nunca había salido del pueblo y que, por lo tanto, tenia formado su propio mundo dentro de las fronteras del lugar donde nació. Viajar en aquel tiempo era sinónimo de aventura.

     Pronto se dio cuenta de que Ibiza, allá en el recién estrenado verano de 1.966, era como un paraíso. Sólo con contemplar la excelsa figura de sus
murallas y la catedral, que se deleita desde el mar, dio a pie a pensar que le iba a gustar. Que le estaba dando la bienvenida. Incluso llegó a tener el presentimiento que su vida iba a cambiar radicalmente.

     Marcelino no se equivocó.

     Iba acompañado de su padre, pero había dejado atrás a su familia, a sus amigos y sus clases del colegio para iniciar una nueva vida, pero se impuso a sí mismo iniciar esta nueva singladura de su vida con valentía y coraje. Le impulsaba el saber que estaba ayudando a la familia.

     Encontró su primer trabajo en la Playa Portinatx. Cala, entonces, casi desierta como lo eran casi todas. Hostal Oasis se llamaba el establecimiento, cuyo Director era Jaime Ripoll, periodista y locutor de radio. También estaban en la misma cala el hostal La Cigüeña y Cas Mallorquí. Todo lo demás era virgen.

     Recuerda que para comprar el uniforme de trabajo lo hizo en una tienda emblemática de aquella fecha; Casa Garrovetes, justo al lado de la bodega Riambaus en la calle del mismo nombre, de Vila.

 Desde su llegada le sorprendió sobremanera oír que la gente hablaban entre sí en otro idioma. Algo desconocido para él. Esto le pareció, cuando menos, curioso y hasta lo consideró como raro.

     Al preguntar le dijeron que se trataba del dialecto ibicenco. Dialecto que aprendió a hablar rápidamente y de lo que se enorgulleció toda su vida. Eso se convirtió en el primer paso para integrarse plenamente en la vida y costumbres del pueblo que lo había acogido a él y a lo suyos.

Una vez acabada la temporada, Marcelino se vino a Ibiza ciudad y encontró trabajo en el Hotel Noray –hoy ya olvidado-, en el mismo puerto, más tarde en un restaurante de renombre en Vara de Rey.

     Por aquellas fechas, el Paseo Vara de Rey estaba rebosante de vida. Los domingos y festivos, la gente se daba largos paseos por él y conectaban con la calle de las farmacias, para cruzar el mercado viejo y salir al puerto desde donde volvían de nuevo al Paseo. Sitio neurálgico de la ciudad por excelencia.

     Su puerto era un constante ir y venir de gente; trabajadores, vehículos a motor y de tracción. El puerto era punto de reunión y encuentro de todo el mundo;  movimiento de mercancías y comercio. Pasajeros que acababan de llegar o salían. Todo vibraba con vida y también con sosiego.

     Marcelino, recuerda ahora, que había bares que por aquellas fechas estaban en su esplendor, alguno ya desaparecidos, quizás su mayoría; pensaba en el Bar Rubió, Can Micalitus, Bar Domingo, Bar Metropol, Pereyra, Mixters, La Tertulia, La Solera, Casa Juanito y tantos otros que se hallaban al paso de estos memorables paseos.

     Había que unir a éstos, los que se hallaban en Vara de Rey, como Bar Can Toni de sa Viña, Bar Ibiza, Bar Alhambra, Alfredo, Montesol…

     Todos ellos eran lugares que tenían vida propia, y se especializaban cada uno en cierto tipo de tapas. Aquí, Marcelino recordaba con simpatía que cuando las parejas de novios paseaban, era normal y obligatorio que fueran acompañados de un familiar que hacía las veces de carabina. Todo un precepto de la época.

     Ibiza contaba con innumerables atractivos; cines, teatro, discotecas, hipódromo y hasta pista de patinaje. Todo en su conjunto invitaba a vivir la vida pero sin prisas.

     Así como en la actualidad los comercios pequeños han sido mermados en su número por la grandes superficies, en aquellas fechas proliferaban los primeros, e incluso eran conocidos en toda la isla. Quién no sabía del buen pan o empanadas de Can Sans, los Andenes o Can Vadell; alimentos en Can Funoy, ferretería de Paco Lleig, de todo en Can Matá. Y tantos otros que ahora no recordaba, pero en los que la gente se conocía y al encontrarse en estos establecimientos, aprovechaban para saludarse y saber de sus vidas. Y todo esto se vivía con total normalidad y naturalidad. Así era el civismo de la gente en aquellos entonces.

     ¡Dios mío! –le decía a sus contertulios. Qué buenos tiempos aquellos.

     Lo que sí descubrió Marcelino al poco tiempo de convivir con su habitantes, es que éstos eran de una pasta especial. Gente encantadora, humilde, que ama a su pueblo, de un talante cordial y ameno. Que Ibiza, al igual que Formentera –donde llegó a vivir un tiempo-, tendían la mano a sus visitantes y futuros residentes para que se sintiesen a gusto y compartir con ellos su pueblo. Pueblo tranquilo, pero vivo y armonioso. Pueblo extraordinario y querido.

   En este punto, Marcelino dejó de dar rienda suelta a sus recuerdos por esa mañana, y emplazando de nuevo a sus amigos del parque para verse otro día, se fue caminando hacia su casa, tranquilo y con el corazón alegre. Acababa de vivir en su interior la Ibiza que conoció por primera vez, en la que fundó su familia. La que le tocó vivir y posiblemente, terminar sus días. Una vida, dice ahora Marcelino, muy consciente, entre tantas otras que tuvieron la misma suerte.

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Abril de 2016. Distinguido con el segundo premio en el II Certamen de Narrativa Breve Fundación Julián Vilas Ferrer.

lunes, 25 de abril de 2016

VEGA

Con la misma sencillez  y ternura que vinieron al mundo mis cuatro nietos, ha llegado otra personita maravillosa y resplandeciente a la familia.

Todos queríamos saber antes de que naciera cómo serían sus ojos, su cara, el color de su pelo o de su piel, tamaño y… al verla por primera vez, desbordó todo cuanto nos habíamos cuestionado.

Vimos a un lucero divino que pronto abrió los ojos. Su cara es un alarde de perfección; todo bonito, todo remanso. Llegó con su pelo negro y abundante, con su pequeño cuerpo de rebosante salud, y su grácil sonrisa no procurada.

Su hermana y sus primos se mostraron alborotados al mismo tiempo que expectantes, mostrando felicidad y contentos de ver a su nueva compañera de viaje y de juegos.


Ya tenemos a Vega en nuestra vidas, portadora de amor y de alegría. Bienvenida, mi angelito.