Reflexiones y brevedades
martes 24 de enero de 2012
LAS APARIENCIAS ENGAÑAN.
Ella era tan pura, casta y honesta, que jamás, ni enloquecida mi mente, hubiera podido concebir una deslealtad. Una noche llegué de improviso a casa. Entré en la alcoba y la vi en la cama junto a un hombre. Al principio pensé que podría tratarse de un amigo mío, que tenía frío (era el mes de enero) y habían elegido aquel lugar como el más propicio para una sana conversación. Pero pronto deseché la idea porque no hablaban de nada. Tampoco eso me extrañó sobremanera, ya que ella era poco elocuente, y él bien podía ser un mudo.
Encendí un cigarrillo y lo miré fijamente en silencio. Ella seguía callada, y él le hablaba quedamente al oído. ¡Caramba!, me dije, no es un amigo, porque no reconozco su voz. Y tampoco el frío los había llevado a tal situación, puesto que estaban totalmente desnudos. Me aproximé lentamente, hasta sentarme en un pico de la cama. Él estaba sobre ella de cúbito prono, nariz sobre nariz. Y aquí estaba la explicación de todo. Un día antes, a ella se le había metido una mota en un ojo, cuando yo me marchaba al trabajo, y no me quedaba tiempo para atenderla. Sin duda ese hombre era un oftalmólogo que la estaba ayudando a extrae la molesta partícula del ojo.
Salí despacio, sin hacer el menor ruido, de la estancia, al tiempo que un gran suspiro de alivio se escapaba de mi pecho.
Cuando regresé de nuevo, horas más tarde, ella estaba sudorosa y con una mirada profunda brillante. La besé apasionadamente y bendije el nombre de aquel desconocido benefactor.
Lo que nunca llegaré a comprender es por qué, para sacar una mota de un ojo, había que quitarse la ropa. Pero pronto lo olvidé, y quedé sumido en un profundo sueño, no sin antes haber comprendido lo terrible que es el que, en algunas ocasiones, las apariencias engañen.
Cuando por la mañana me desperté, ella, aún semidormida, murmuraba una palabra: Antonio, Antonio… ¡El nombre, naturalmente, del oftalmólogo!
Y es que ella, además de pura, casta y honesta, también es agradecida.
martes 3 de enero de 2012
VISITA ESPECIAL POR REYES.
Eran, aquellos, días felices. La navidad estaba a punto de terminar y solo quedaba por delante el día de los Reyes Magos. Un 6 de enero muy esperado por los niños y otros no tan niños. El día de fin de año, de un año ya pasado, en el momento de celebrar la venida del nuevo año, todo el mundo nos felicitábamos.
Un buen amigo le dijo a Miguel, que le llamaría al día siguiente porque quería pedirle un favor. Efectivamente así fue. Le comentó que el círculo de amigos habían decidido donar una serie de regalos a los niños hospitalizados, y le pedía si quería él caracterizarse de payaso y entregarlos. Evidentemente accedió y de mil amores. En principio se trataba de hablar con la dirección del hospital para habilitar una sala a tal efecto. Pero se le ocurrió la idea de que, en lugar de ser un acto donde vayan todos a una sala –que resultaba muy complicado pues significaba llevar a los niños enfermos hasta allí-, sería él quien les visitase habitación por habitación. Eran exactamente 14 habitaciones y unos veintitantos niños.
Así quedaron y se dispusieron a preparar los regalos y un poco de teatro para que la visita no fuese sosa. Encontraron un colega que tocaba la guitarra y otro un saxo. Tocaban y cantaban canciones conocidas de payasos en televisión, para que fueran ambientando un poco la entrada de Miguel.
Miguel confesó que estaba nervioso, y hasta intranquilo. Sí, pues no sabía lo que se iba a encontrar, ni tampoco las reacciones imprevistas en estos casos, totalmente nuevo para él.
Miguel me lo contaba de la siguiente manera:
Lo pasamos muy bien. En todo este “espectáculo” participaban de forma muy entusiasta desde el personal de hospital hasta los mismos familiares. Tengo varias anécdotas de entonces, pero solo me atrevo a contar aquí una que me dejó marcado, desde entonces, para toda mi vida.
Sería una habitación de las últimas en visitar, no recuerdo bien. Al entrar observo que hay dos niños. La tónica en cada habitación era prácticamente la misma. Ellos se mostraban expectantes, pues, no en vano, aquel día el hospital no era el mismo, había demasiada algarabía y colorido. Pero en esta habitación, en la primera cama de la izquierda, había un niño que me llamaba y acudí a él. Le dije cuatro cosas, cuatro preguntas, cuatro carantoñas y me dio un beso cuando le entregué el regalo.
Pero cuando me giré a ver el segundo, el corazón me dio un vuelco. No se veía expectante, su color no era natural, sin embargo me miraba fijo, muy fijo. Confieso aquí y ahora, que no tenía absolutamente ninguna palabra que decirle, y si la tuviese, tampoco podría haberla pronunciado. Tan solo me dio por inclinarme a los pies de su cama y acercar mi cara a la suya. Diría que hubo un momento mágico, y la música sonaba lejos, allá, al fondo. No hubo conversación alguna, y él de forma lenta se limitó a pasarme la mano por la peluca. Una peluca roja y áspera. La estuvo acariciando un momento pero sin dejar de mirarme a los ojos, que se cruzaron con los suyos ¡Maldita sea! Me dije para mis adentros. De pronto, como caída del cielo, apareció una leve sonrisa de su pequeña boca. Le di mi regalo, le besé en la frente y le entregué allí mismo mi peluca.
A la salida, me tuve que recomponer emocionalmente, pues aún quedaba alguna habitación por visitar, y tenía que llevarles alegría.
No me di cuenta de que detrás de mí venían sus padres, con el corazón en la mano. Su padre me dio las gracias pues hacía una semana que, Julio, su hijo, había perdido la sonrisa
martes 6 de diciembre de 2011
Sin ganas.
Ya hace varios días que no tengo ganas de escribir, y además no se me ocurre nada, y he querido experimentar algo que no había hecho nunca. Se trata de abrir el ordenador y ponerme a escribir sin más, sin rumbo ni idea fija, como diciendo… a ver qué cae.
Y la verdad es que no siento absolutamente nada, y esta situación, después de haber escrito durante un largo tiempo, sin dificultad aparente, es, cuando menos, frustrante.
Porque da la sensación de que una vez que sales de este mundo “reservado” de la escritura, en el que uno sabe que es “tu” mundo y que nadie puede hacerlo por ti, ya no hay nada, de que todo está vacío, al no percibir ningún impulso del exterior.
Menos mal que contamos con la sabiduría suficiente para saber que eso no es verdad, que precisamente en el exterior de ese mundo es donde está la verdadera maravilla de la vida, en su color, en su viveza, en su gente, en la historia callada que se va renovando constantemente, en sus ruidos, en sus olores, en sus voces…
Sin embargo, aun a sabiendas de que todo eso está ahí, al alcance de nuestra mano, necesita por nuestra parte una especial atención para poderlo percibir, para valorarlo, para podernos alimentar de sus propiedades. Para ello, basta con detenerse en nuestro quehacer diario y ponerse a ello.
Viene perfectamente a colación, algo que me pasó hace tiempo y que es perfectamente extrapolable a cualquier hijo de vecino. Hay una carretera de segunda que tiene entrada por la parte sur a la ciudad de Ibiza y que atraviesa unas pequeñas montañas; justo cuando empieza a bajar se divisa la ciudad de forma esplendorosa, con su mar, puertos deportivos, el castillo. Es una vista panorámica extraordinaria. Iba con mi mujer y se me ocurrió estacionarme a un lado de la carretera. A la pregunta de ella de por qué me paraba, le dije que habíamos pasado cientos de veces por el mismo sitio, sin embargo, nunca nos percatamos de esa vista. Ambos disfrutamos de un momento mágico ante la belleza que se nos mostraba. Ni que decir tiene que cada vez que pasamos por ese lugar alzamos la vista.
Ahora, aprendiendo de estas pequeñas cosas, me detengo con frecuencia en cosas de mi alrededor. Estoy aprendiendo –valga la redundancia- a valorar, observar, oler, percibir todo aquello que está al alcance de mi mano y que se me ofrece tan generosamente.
jueves 24 de noviembre de 2011
El aspecto de la muerte.
Cambiando un poco de tema, pero sin cambiar de tercio, siempre me he preguntado quién habrá pintado así a la Muerte: una calavera con una túnica negra y una guadaña en la mano.
Si es cierto que después de la vida nos espera el paraíso, la muerte seguro que no tiene esa pinta. Yo me la imagino con aspecto de mujer madura, guapa, fuerte, con buenas piernas, pero sin dejar de ser femeninas.
Me la imagino con un body negro y unos ligueros negros también, ligueros que sujetan unas medias de red perfectamente colocadas. Con un tanga que deje ver sus hermosas nalgas y con un sostén también negro, pero transparente. O sea que me la imagino con cierto aspecto sado, con aires de Dama Dominante. Si nos la hubieran pintado de esta forma, no le tendríamos tanto miedo ni tanto respeto. No es lo mismo que una calavera apestosa y mugrienta, llena de gusanos que le salen por los ojos, venga a cortarte la vida con una guadaña mohosa y oxidada, a que venga una mujerona para que bebas de sus pechos el elixir de la muerte.
También me imagino como debería ser para las mujeres: un tío cachas con el cuerpo de un bombero de almanaque, moreno de pelo y piel, con un slip de cuero super ajustado, marcando paquete. No quiero preguntar a ninguna mujer, pero me imagino cuál sería la parte del cuerpo de la que más de una querría beber el elixir de la muerte.
Me la imagino con un body negro y unos ligueros negros también, ligueros que sujetan unas medias de red perfectamente colocadas. Con un tanga que deje ver sus hermosas nalgas y con un sostén también negro, pero transparente. O sea que me la imagino con cierto aspecto sado, con aires de Dama Dominante. Si nos la hubieran pintado de esta forma, no le tendríamos tanto miedo ni tanto respeto. No es lo mismo que una calavera apestosa y mugrienta, llena de gusanos que le salen por los ojos, venga a cortarte la vida con una guadaña mohosa y oxidada, a que venga una mujerona para que bebas de sus pechos el elixir de la muerte.
También me imagino como debería ser para las mujeres: un tío cachas con el cuerpo de un bombero de almanaque, moreno de pelo y piel, con un slip de cuero super ajustado, marcando paquete. No quiero preguntar a ninguna mujer, pero me imagino cuál sería la parte del cuerpo de la que más de una querría beber el elixir de la muerte.
lunes 31 de octubre de 2011
VERDADES SOBRE UN ANÁLISIS DE ORINA.
Parece mentira, pero con lo simple que es “echar una meadita” cuando vamos al médico, nos las vemos y nos las deseamos para que salga “agüita de la fuentecita”.
El médico, ese señor que al igual que los carniceros lleva una bata blanca (y el mismo que con un cigarro en la boca te dice que fumar es malo para la salud).
Pues a eso iba yo, a ver al médico aunque más bien era él el que me vería a mí. Una vez en la sala, mientras esperaba a que me tocara el turno, llegó la enfermera para darme el botecito que tenía que llenar de pipí (aunque lo suyo hubiera sido llenarlo de sudor, pues no os podéis ni imaginar cómo se suda en ese momento en que todo el mundo te mira con cara de asco). Pero no, había que llenarlo de pipí, y a primera hora de la mañana. Si se pudiese llenar a las tres de la tarde después de salir del bar, tras tomarte treinta cervezas, no llenaría un bote, llenaría una piscina. Pero los análisis no son ni a la una, ni a las dos, ni a las tres: hay que mear en ayunas, cuando uno menos ganas tiene.
Una vez que tuve entre mis manos el dichoso botecito, me dirigí hacia el lavabo y me encontré con un par de problemas tremendos: el primero de tamaño y el segundo de puntería; con lo pequeño que era el bote seguro que a más de uno no le hubiese cabido la pilila dentro (sinceramente, no es mi caso, pues para mí eso no sería problema: ojalá no me entrase en una olla exprés). Además de que tenía que sacarme el aparato y ponerlo apuntando hacia la boca del bote y esperar a que me entrasen ganas de orinar.
Después de pasar más de veinte minutos apretando la vejiga, llegó ese momento en el que me vinieron las ganas. Pero, claro, “las ganas” llegaron con tanta fuerza que aunque estaba apuntando hacia el ridículo recipiente de plástico lo mojé absolutamente todo: el pantalón, el espejo, el suelo, las manos, los zapatos... y en el dichoso bote, dos gotas.
Al salir del lavabo, se pueden imaginar las caras con las que me recibieron los que estaban en la sala de espera. Y cuando la enfermera pronunció en voz alta mi nombre, me dije: “entro o no entro”. Por el mal rato que había pasado en el lavabo más vale que hubiera entrado, pero me lo pensé fríamente y permití que entrase el siguiente: ¿para qué le voy a dejar al médico mi orina, para que me diga que tengo que comer menos porque estoy muy gordo? Eso ya lo sé yo y no he estudiado diez años de medicina. O para que me diga que tengo que hacer deporte, o que tengo que dejar de fumar.
Pero no voy a mentir, ni a ser malo: realmente sí que le dejé mi pipí. Me fui al bar de enfrente y me bebí unos cinco litros de cervezas, me dirigí de nuevo hacia la clínica y me oriné en la pared principal ante el asombro del guardia de seguridad que había en la puerta. Y con el chorrito le escribí el siguiente mensaje al médico:”Doctor, por esto igual me multan, pero usted quería mi orina y aquí la tiene, en la pared de su consulta”.
domingo 25 de septiembre de 2011
EL CUENTO DEL LECHERO
Venía tan contento, con su gran cántara de leche a la cabeza.
-¿Qué es lo que alegra tu semblante, lechero? –preguntaban sus conciudadanos.
-¡Ah, queridos amigos, un gran negocio que he ideado! -contestaba el muy pícaro, cerrando un ojo sí y el otro no.
-¿Y cuál es el misterio de ese negocio, buen lechero?
-Muy sencillo: con esta cantidad de leche pura, a la que añadiré una porción de agua también pura, obtendré cierto número de euros. Con ellos, mis queridos amigos, adquiriré cierta cantidad de huevos frescos, los cuales, en su día, traerán a la vida una no menos despreciativa cantidad de polluelos. ¡Lindos polluelos, de peluche amarillo como algodón amarillo en rama!
Sus conciudadanos movían la cabeza dubitativamente a uno y otro lado.
-Prosigue, buen lechero. ¿Dónde está el misterio de tu negocio?
-¿No lo vais adivinando? Pues escuchad: de estos polluelos, unos serán gallos y otros gallinas. Los primeros los llevaré al mercado, y las segundas se dedicarán a poner más huevos, con el fin de hacerme con una estimable granja.
-¡Demonio de lechero! –exclamaban asombrados sus conciudadanos-. Termina tu relato.
-Cuando la granja sea la envidia del contorno venderé todos mis gallos y todas mis gallinas, y con ese dinero me compraré un estimable número de vacas. Una cantidad de estos animales serán sacrificados y vendida su carne. Y el resto será destinado a producir leche pura de vaca…
-¡Diantre! ¡Repámpano! ¡Córcholis! ¡Caracoles! –gritaban boquiabiertos hasta los conciudadanos más viejos.
-¡Eso es todo, mis queridos amigos! ¿Comprendéis ahora por qué estoy tan contento?
El lechero, con su cántara a la cabeza, se alejó dando saltos de alegría.
Y en efecto, amigos lectores: así lo hizo.
martes 9 de agosto de 2011
YO CONTRA LA CENSURA.
No estoy dispuesto a que la censura me tache una sola palabra de este breve artículo. ¿Cómo? No dándole motivos. Porque, claro, si yo lo doy motivos, la censura va y me tacha, no una palabra, sino todo lo demás. Y digo yo, ¿para qué voy a ser tan tonto que, dejándome llevar por un impulso absurdamente romántico le dé motivos a la censura para que haga polvo este artículo? Nada de eso. Ahora bien, si yo en este artículo me metiera con esto, lo otro y lo que todos sabemos, entonces sí, entonces sería lógico y hasta yo lo aplaudiría. ¡Díganme si tengo o no tengo razón! ¡Díganmelo! ¿Se callan? Luego el que calla otorga.
Yo veo que muchos compañeros míos de pluma y blog se quejan de que si la censura tal y que si la censura cual. Pero la culpa la tienen ellos por meterse en camisas de más de diez varas. Yo les aconsejo, tanto a articulistas, como novelistas, como autores teatrales, que si no quieren tener problemas con la censura, no den motivos. Porque la censura cumple su misión. Ella sabe que esto y esto y esto y esto no se puede decir. ¡Pues, pedazos de bestias! (me refiero a esos compañeros míos), ¡no lo digáis!
Ya me estoy imaginando a algún avieso censor temblándole de ira el lápiz rojo en la mano. Lo siento por él. Otra vez será. Pero, por esta vez, a mí no me censura ni una sola palabra:
La vida es una hermosura
con o sin censura.
Y si la vida es basura,
¡qué me importa la censura!
Yo veo que muchos compañeros míos de pluma y blog se quejan de que si la censura tal y que si la censura cual. Pero la culpa la tienen ellos por meterse en camisas de más de diez varas. Yo les aconsejo, tanto a articulistas, como novelistas, como autores teatrales, que si no quieren tener problemas con la censura, no den motivos. Porque la censura cumple su misión. Ella sabe que esto y esto y esto y esto no se puede decir. ¡Pues, pedazos de bestias! (me refiero a esos compañeros míos), ¡no lo digáis!
Ya me estoy imaginando a algún avieso censor temblándole de ira el lápiz rojo en la mano. Lo siento por él. Otra vez será. Pero, por esta vez, a mí no me censura ni una sola palabra:
La vida es una hermosura
con o sin censura.
Y si la vida es basura,
¡qué me importa la censura!
sábado 2 de julio de 2011
AQUEL MATRIMONIO. (Relato probablemente imaginario).
El marido llegó a casa y depositó sobre la mesa del comedor mil doscientos euros.
-Toma –dijo a su esposa-. Este dinero es para que lo gastes en alimentos. Debes administrarlo con equidad y dar gracias a Dios por la suerte que has tenido al casarte con un hombre como yo.
La esposa bajó la mirada al suelo y quedó en silencio. El marido continuó así:
-Nunca debes olvidar que te hice mi esposa para formar un hogar, para que me plancharas las camisas, para que no me desobedezcas y para que sufras en silencio las flaquezas de tu prójimo. Y no necesito advertirte que con esa cantidad de euros habrás de hacer frente a las necesidades de todo el mes.
-Pero... –intentó hablar la sumisa esposa. Más antes de que pudiera continuar, ya rodaba por el suelo a causa de la tremenda bofetada recibida.
-No te castigo, esposa querida, porque en mí aniden los duros sentimientos, sino para que comprendas que tu obligación es acatar mis normas con humildad. Y ahora, levántate de ahí, pues tu postura es en extremo ridícula.
La esposa obedeció, apretando su mejilla izquierda con la mano del mismo lado, quedando en silencio de sepulcro.
-Tres años llevas casada conmigo –continuó el esposo-. Si tenemos en cuenta que cada año se compone de trescientos sesenta y cinco días. Y si el importe de tu comida es de cinco euros diarios, nos encontraremos con la bonita cifra de veintisiete mil trescientos setenta y cinco euros, gastados en ti, solamente de alimento. Si añades a todo esto lo que has consumido en ropa, calzados y otros menesteres, no exagero si digo que me has costado ya más de los cincuenta mil euros. A cambio de todo ello supongo hallarme en mi derecho si, de cuando en cuando, te propino alguna bofetada, que en realidad no tiene otro fin que el de enseñarte tu deber de esposa fiel y sumisa.
El marido hizo una pausa para encender un largo cigarro habano. Luego la miró de hito en hito y comprobó, sin la menor duda, que por las mejillas de su esposa rodaban varias lágrimas en hilera.
-¡Te prohíbo terminantemente que llores en mi presencia! –rugió, con los ojos desencajados-. ¡Ríe, ríe, que alegres esta casa, y mientras ríes, medita sobre lo que te he dicho!
Y dando un soberbio portazo, el marido salió del hogar.
La sufrida esposa, aún con los ojos enrojecidos, se dirigió al armario de luna, lo abrió y dijo:
-Sal, Edelmiro. Y ahora, dime: ¿tú crees que mi marido tiene razón para ponerse así conmigo?
-Toma –dijo a su esposa-. Este dinero es para que lo gastes en alimentos. Debes administrarlo con equidad y dar gracias a Dios por la suerte que has tenido al casarte con un hombre como yo.
La esposa bajó la mirada al suelo y quedó en silencio. El marido continuó así:
-Nunca debes olvidar que te hice mi esposa para formar un hogar, para que me plancharas las camisas, para que no me desobedezcas y para que sufras en silencio las flaquezas de tu prójimo. Y no necesito advertirte que con esa cantidad de euros habrás de hacer frente a las necesidades de todo el mes.
-Pero... –intentó hablar la sumisa esposa. Más antes de que pudiera continuar, ya rodaba por el suelo a causa de la tremenda bofetada recibida.
-No te castigo, esposa querida, porque en mí aniden los duros sentimientos, sino para que comprendas que tu obligación es acatar mis normas con humildad. Y ahora, levántate de ahí, pues tu postura es en extremo ridícula.
La esposa obedeció, apretando su mejilla izquierda con la mano del mismo lado, quedando en silencio de sepulcro.
-Tres años llevas casada conmigo –continuó el esposo-. Si tenemos en cuenta que cada año se compone de trescientos sesenta y cinco días. Y si el importe de tu comida es de cinco euros diarios, nos encontraremos con la bonita cifra de veintisiete mil trescientos setenta y cinco euros, gastados en ti, solamente de alimento. Si añades a todo esto lo que has consumido en ropa, calzados y otros menesteres, no exagero si digo que me has costado ya más de los cincuenta mil euros. A cambio de todo ello supongo hallarme en mi derecho si, de cuando en cuando, te propino alguna bofetada, que en realidad no tiene otro fin que el de enseñarte tu deber de esposa fiel y sumisa.
El marido hizo una pausa para encender un largo cigarro habano. Luego la miró de hito en hito y comprobó, sin la menor duda, que por las mejillas de su esposa rodaban varias lágrimas en hilera.
-¡Te prohíbo terminantemente que llores en mi presencia! –rugió, con los ojos desencajados-. ¡Ríe, ríe, que alegres esta casa, y mientras ríes, medita sobre lo que te he dicho!
Y dando un soberbio portazo, el marido salió del hogar.
La sufrida esposa, aún con los ojos enrojecidos, se dirigió al armario de luna, lo abrió y dijo:
-Sal, Edelmiro. Y ahora, dime: ¿tú crees que mi marido tiene razón para ponerse así conmigo?
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