miércoles, 15 de febrero de 2017

MIRANDO CON EL CORAZÓN

La mañana aparecía apacible en un primer momento. El sol era como un ligero bálsamo de calor en la cara brillante de Santiago. Se buscó una esquina por donde el paso de la gente fuese más intenso. Allí mismo se procuró un trozo de manta para que al sentarse en el suelo le fuera más cómodo. Santiago puso un pequeño cestito de mimbre para que la gente pudiera depositar sus limosnas. No era necesario explicarle a ningún erudito y riguroso sapiens, que él era ciego.


Santiago seguía en aquella esquina y se quedaba dormido por momentos. Llevaba más de media jornada y aún nadie tuvo una mísera moneda para poner en su cesto. Así se encontraba cuando se acercó un chico y le puso una botellita de agua justo al lado de su mano. El ciego se lo agradeció infinito. Y sin preguntar ni cruzar palabra alguna, le dijo a su benefactor:

-       ¿Cómo te llamas? Pablo -le contest de nuedvo. dewfoto dew ella?do de su mano.momentos.diera depositar sus limosnas. ó.

-       ¿Llevas una foto de ella? -le preguntó de nuevo.

Pablo se asombró ante esa pregunta. De hecho hubo un momento en el que no supo bien a qué foto se  refería.


-No entiendo bien lo que quiere, buen hombre -le dijo.

¿Tienes una foto de tu amada? Le volvió a requerir.

El muchacho no sabía bien lo que realmente andaba buscando el ciego. Pero no tuvo inconveniente, pensó que al fin y al cabo no podía ver.

Le alcanzó a poner en sus manos una foto, apenas del tamaño carnet, pequeña, casi descolorida por su uso y custodia.

Pablo se sentó justo a su lado y pudo comprobar lo que el ciego quería hacer con esa foto, con su foto, con la foto de su amada.

De pronto, observó que el ciego, con su manos ya envejecidas, arrugadas y hasta mal cuidadas, delimitaba el contorno de la fotografía. La trataba con una delicadeza propia de cuando se contornea una vajilla de altísimo valor.

Sus dedos, alargados y menudos, fueron pasando ya al interior de la foto. Y se iban acercando al rostro de aquella mujer. Santiago, sin embargo, tenía la cara girada hacia a un lado como cuando uno quiere prestar atención con el oído.

-Sí, la veo –fueron las primeras palabras del ciego. Hummm es realmente bella. Tiene pelo corto y algo ondulado. Es muy sensible, tierna, adorable.

A medida que el ciego iba relatando lo que realmente veía a través de su dedos, Pablo notó que estaba temblando. No daba crédito a lo que estaba viendo y oyendo.

-No es posible –se dijo.

El ciego continuó:

-       No es muy alta, pero alcanza todo lo que se propone. En este momento empieza a ser feliz. Ella tiene un don que es el de la felicidad procurada, la que se busca, la que se persigue, la que se guarda, la que se consigue no sin sufrimiento. Veo, que tiene una nariz preciosa, un delicado rostro con alguna que otra arruguita caprichosa cerca de la comisura de sus labios. Sus dientes… su dientes destellan amor y por amor entiende ella que es todo lo que tenga ver contigo. Sus ojos tienen la suerte de que unos lindos párpados los cuide, y por ello son párpados afortunados. Son, los suyos, ojos como una fuente cristalina cuyas aguas, al caer, lloran perlas.

-       Perdone, pero eso no es posible. No es posible lo que estoy viviendo. –Le espetó el muchacho.

-      No me interrumpas, Pablo, por favor. Además, a juzgar por la expresión de su cara, seguro que la hizo pensando en alguien que, al pasar por esa foto se prendara, se cautivara.

Pablo, quedó enmudecido y diciendo para sí que aquello no podía ser un truco de magia, ni nada sobrenatural. Aquello, lo que acababa de oír, ver y hasta sentir, era fruto de un amor que él le profesa a ella y también  de un sentimiento que rezumaba amor  por doquier.


Al levantarse, Pablo tomó de nuevo la foto y le dijo: Gracias a Dios que le he encontrado, buen hombre. Me voy a sabiendas de que teniendo yo ojos para ver, ha sido usted quién realmente la ha visto tal y cómo es.levantarsersetir era fruto de una amor que ue ar agua llevan perlas.

miércoles, 18 de enero de 2017

BIEN ACOGIDO

El leve ruido de la puerta de la entrada al cerrarse, me despertó. No había dormido bien esa noche y estaba un poco inquieto. Antes de incorporarme me desperecé agradablemente.

Como suele ser ya mi costumbre por las mañanas, suelo echar un vistazo por las habitaciones de la casa. Así comprobé que quien se había marchado era Tomás. De hecho, cada día se levanta el primero porque va a la universidad y ha de hacer trasbordo en el Metro. Tomás es un chico inteligente y simpático aunque un poco despistado en todo lo que hace.

En la habitación del final del pasillo duerme Irene. Aún no se ha despertado. Tiene trece años y un genio considerable. Disfruta de tener buenas amistades en su colegio y yo creo que es debido a que tiene un talante extrovertido y alegre. Adora a sus padres y les presta atención en todo cuanto le aconsejan.

Josechu y Mari Carmen, sus padres, forman un matrimonio muy unido y compenetrado. Ella trabaja y él lleva bastante tiempo sin trabajo, pero se presta a hacer las labores de casa con esmero y competencia. También se ocupa de mí cuando los demás no están en casa.

Creo que no he podido dar con mejor familia. Llevo viviendo con ellos unos tres años, fecha en que me adoptaron y desde entonces todos se portan muy bien conmigo. No puedo tener quejas de ninguno de ellos. Aunque bien es verdad que, por mi parte, procuro molestar lo menos posible. Yo creo que hasta me tienen muy mimado, de hecho, mis controles de salud periódicos se llevan a cabo con total puntualidad, así como mi limpieza y cuidado. Tengo el mejor sitio de la casa para mí, y me llevan a pasear todos los días.

Cuando vuelven a casa después de haber realizado cada uno sus tareas, sé exactamente el tipo de humor que traen. Siempre me saludan cariñosamente al llegar y yo, con mucho sigilo, procuro animarles y mimarles dentro de mis posibilidades. Es algo que se me da bien a juzgar por los resultados. Por la misma regla de tres también sé cuando no he de molestarles. Debo confesar que les quiero muchísimo a todos. Es mi familia.

Bueno, no puedo extenderme más porque veo que Josechu se ha levantado, vestido y ha cogido todo lo necesario, pues ahora toca que me saque a pasear un rato. A pesar de mi corta edad, he aprendido bastante bien a valerme por mí mismo y la silla de ruedas no es ya un impedimento para mí.


Ahora, si me permiten, me voy a desayunar con Josechu, mi padre.

viernes, 6 de enero de 2017

INCERTIDUMBRE

Como si se tratase de una pesadilla, como si algo o alguien procurara impedir que encuentres lo que hace ya un tiempo buscas, es la sensación que tengo en mi interior. Algo dentro de mí, sabe, siente, que desea escribir sobre algo que está ahí. Es algo que presiento que me espera, que, incluso, noto que lo tengo delante, pero por alguna razón no lo veo.

Esa especie de incertidumbre llega a inquietarme. De hecho produce inestabilidad en mi mente. Y no me encuentro bien, no estoy a gusto. Son ya multitud de veces las que, lo comparo como si intentase alcanzar algún objeto para el que no tengo la altura suficiente. Otras, incluso, creo que ya tengo la idea. Pero no, es falsa alarma. También son innumerables las veces que desespero sin poderlo remediar.

He estado leyendo con ahínco y durante bastante tiempo varias vidas de escritores ilustres. En ellas he visto todo tipo de formalidades, deformaciones profesionales confesadas, manías, costumbres y unas formas muy distintas que cada uno tiene de darle luz a lo que sus mentes tienen a punto de dictar.

Aprendí muchísimo de ellos. Pero, al escribir yo lo que pienso en todo momento, tengo y he tenido siempre la precaución de que se trata de un ejercicio modestísimo que me sirva a mí desarrollar las inquietudes que tengo. Tengo bien claro que no soy más que un aficionado escribidor que intenta hacerlo de la mejor forma posible, dando paso al método y a la constancia, al trabajo y a la disciplina.

Soy muy consciente de que esta pasión por escribir en un papel lo que se me ocurra, me ha llegado tarde y mal. Tarde porque no despertó siendo joven y, mal, porque tampoco me ha sorprendido preparado literariamente. Todo esto me lleva a pensar que esta especie de inquietud que siento hace tiempo y de la que antes hablaba, tiene muchísimo que ver con los conceptos tarde y mal en el debut de la escritura en mi vida.

Soy consciente de que, anímicamente, no estoy pasando buenos momentos y, posiblemente, tenga algo que ver con todo esto. De cualquier manera, sigo buscando esa historia que sé que me espera para que le dé forma y vida. Sé que está ahí. Pero también sé que será una historia simple, sin más importancia; sin un calado que sea digno de mencionar, y que posiblemente nunca vea la luz como tantas otras ya escritas, pero será la mía. Significará que por fin la he encontrado, a la que habré dado forma y vida desde mi rincón. Y señal de que vendrán otras a seguirle.


Ese día me sentiré sosegado desde mi precariedad como escribidor de ir por casa.

lunes, 19 de diciembre de 2016

CAMPANILLEROS EN SA PENYA


Aunque la inmigración que sufrí aconteció en el año 66 del pasado siglo, no fue hasta el año siguiente cuando me reuní con mi familia y nos instalamos en Sa Penya. Bendita llegada a ese entrañable barrio, cuyos vecinos nos acogieron sin distinción alguna.

En él reinaba la concordia como fondo natural. Las familias, plenas de humildad y sencillez, trabajaban y se afanaban en mantener limpio y reluciente no sólo sus casas, sino, también, la calle. Eso sí era hacer barrio en el día a día y a lo largo del año.

Eran frecuentes las visitas entre vecinos para cualquier menester; no era necesario protocolo alguno para llevarlas a cabo. Se consideraba natural el que alguien, al tener que bajar al mercado o a la pescadería, se pasaba antes por casa de alguna persona mayor, una vecina o una amiga, para preguntarle si le traía algo, y no tuviera que bajar a comprar y después subir cargada.

Las familias eran de procedencia variada; en el barrio había pescadores, pintores, albañiles, camareros, etc. Y jamás conocí alteración alguna del orden en ningún momento en los ocho años que viví en el barrio.

Así era ese maravilloso barrio en esa época en que despuntaba una mayor afluencia de turismo e inmigrantes, y ya hasta nuestros días.

Son múltiples y variados los recuerdos que tengo de esa época de felicidad con mi familia. Todos ellos ribeteados o enmarcados dentro de una orla de normalidad, es decir, que todo ocurría porque sí, porque la vida –para nada contemplativa- era trabajar, descansar, vivir y estar con la familia. Los sueños de todos eran del todo similares: labrarse un futuro mejor, profesional y familiarmente, para poder disfrutar de una vivienda mejor, más cómoda, más grande.

Pero, al llegar estas fiestas navideñas, no dejo de recordar con nostalgia y cariño, las primeras que pasé en el barrio. Yo debía tener unos dieciséis años. Días previos a nochebuena nos juntamos varios vecinos, casi todos peninsulares, y decidimos hacer una pequeña agrupación espontánea de campanilleros.

Para ello nos procuramos los instrumentos musicales al uso: zambomba, pandereta, cántaro con suela de alpargata de goma, campanillas, botella de anís de cristal granulado, castañuelas y hasta un triángulo.

Juntos recorríamos todas las calles y rincones de Sa Penya. Como era la costumbre,  entrábamos en las casas, cuyas familias nos esperaban en la calle y con las puertas abiertas. Eran alertados por el ruido de campanilleros que sonaba por el barrio. Entrábamos en el domicilio y así, en el mejor cuerpo de la casa, por lo general en una mesa camilla, depositaban dulces, polvorones, alfajores, anís, hierbas… Todo lo típico de la navidad.

Allí mismo, alrededor de la mesa, les cantábamos uno y otro villancico, para después seguir la ruta, inundando todo de música, cantos y alegría:

“Cuando los pastores vieron
que el Niño quería fiesta,
hubo pastor que rompió
tres pares de castañuelas”

Impregnándolo todo de algo distinto a lo cotidiano.

Esa primera vez, como digo, fue genial. Y sin embargo, como buen observador, no se me pasó por alto el hecho de que en una casa de mi misma calle, vivían dos hermanas ibicencas vestidas de payesa, quienes también salieron a la calle a vernos tocar pero no tenían preparado nada en su casa, supongo que sería porque no era la costumbre, no lo puedo asegurar ahora. Nos acompañaron con palmas y sonrisas de muy buen agrado. Eran unas hermanas adorables con sus vecinos.

Y viene a razón hablarles de ellas por el hecho entrañable que acaeció al año siguiente. Cuando, como el año anterior, nos dispusimos adentrarnos y recorrer en nochebuena  ese dédalo de callejuelas tortuosas y a veces oscuras, llegamos hasta la casa de las hermanas. Casi nos cortaron el paso y nos invitaron a pasar a su casa, cuyas puertas estaban abiertas de par en par.

En la diminuta y sencilla salita nos tenían preparado, en una mesa adornada con un tapete de encaje hecho a mano, toda clase de dulces y algún que otro licor cuyas botellas estaban aún por estrenar. En medio de todo ese manjar preparado con exquisitez, una ollita con salsa de Nadal. Nos estaban ofreciendo lo mejor de su casa.

Todavía no se me ha borrado de la memoria la expresión de alegría y el sentimiento de regocijo que inundaban los ojos de aquellas mujeres. De lo bien que había tomado nota, ya hacía un año, de cómo agasajar y corresponder a un grupo de campanilleros del barrio, vecinos suyos. Gente a la que saludaban día a día, al paso por aquellas calles estrechas y entrañables.

¿Fue el espíritu de la navidad? No lo sé. En todo caso hablaron sus corazones.