domingo, 3 de febrero de 2013

Un poco de historia


Al regreso de la batalla de los Treinta Años, don Iñigo López de Mendoza, Señor de Hita y Buitrago, Marqués de Santillana, llegaba un tanto envejecido. Hasta el punto de que su esposa y sus hijos siameses no lo reconocieron. Entonces el Marqués se retiró a un lejano Parador de Turismo, y se dedicó a escribir églogas, como podía haberse dedicado a cualquier otra chorrada. Una égloga estaba escribiendo, al estilo de Garcilaso, cuando fue precisamente Garcilaso de la Vega el que se sentó a su vera, en el soleado patio del parador, donde el agua de la fuente murmuraba, la luz sonreía, los pájaros revoloteaban, y las gallinas ponían un huevo detrás de otro huevo.

Garcilaso no dijo nada, pero bien que ocupóse de que la su rodilla izquierda rozara la derecha de Iñigo. Éste sonrojóse levemente y apartóse una cuarta sobre el banco de piedra. El de la Vega se le aproximó de inmediato y acarició con la su mano derecha la mejilla rosicler del Marqués. El cual dijo, bastante molesto: “Me da la impresión, Garcilaso, de que sois algo parguela. Vuestro comportamiento se me antoja equívoco”. “De equívoco nada, monada”, replicó Garcilaso. “Yo no equivoco a nadie”.

En esto, hizo acto de presencia el padre prior del Parador. El Parador era un antiguo monasterio que conservaba su patio, su claustro, su capilla abovedada, a la sazón comedor, y también conservaba a su padre prior. Y a sus gallinas. El venerable fraile, que se había percatado del acoso del poeta, reconvino a éste con palabras de amonestación. Pero esas palabras, que fueron fundamentales para el devenir de la Historia, las consideraremos más adelante.

3 comentarios:

estela dijo...

Adoro este texto ,y tú lo sabes. !Como me encantó leerlo nuevamente!

Un abrazo enormeeee!

Anónimo dijo...

Me ha encantado!
Un abrazo.

Manel Aljama dijo...

Pues yo no lo conocía y me ha dejado con ganas de leer más!