viernes, 1 de julio de 2016

ETAPAS DE LA VIDA. Mi experiencia.

Aquél lugar siempre tendrá un aura desangelado, no ya por lo que representa y se dedica, sino porque la sociedad lo creó ya con esa idea, donde lo peor que lo han llamado ha sido cementerio de elefantes.

Diariamente he acudido durante unos pocos años para asistir, acompañar y llevar soplos de vida a ese edificio frío que acoge a personas mayores en el último viaje de sus vidas. Poco tiempo me hizo falta para perder ese miedo que la palabra asilo ya transmite por sí sola.

Con paso calmo, acostumbraba a entrar en él cada mañana. Al principio mi vista iba dirigida siempre al ir y venir de ancianos, unos andando, otros con ayuda y los más en sillas de ruedas. Miraba, como inspeccionando, los diferentes servicios que allí se prestan, los muebles, la cocina, las salas de juego, la capilla…

Todo eso se fue desvaneciendo en la misma proporción en la que iba creciendo mi interés por las personas que allí residían. “Se le llama Residencia” no asilo –me apuntaba una monja.

En cualquier caso, dejé de interesarme en todo lo que he relatado para recabar en las personas mayores. Con el roce diario, uno conoce a muchas de ellas. Cada persona representaba una vida distinta, un largo periodo vivido, una experiencia acumulada. Y con ello, se alejaron de mí todos esos augurios que se proyectan desde fuera para infundirme otro tipo de sentimientos. Son seres humanos que convivían otra etapa más de sus vidas. Allí fue donde mayormente aprendí a escuchar y observar. Allí me di cuenta de que las palabras amor y cariño adquieren otra dimensión. Sí, éstas se convierten en un extraño mecanismo que nos hace sentir como propios los sentimientos de los demás.

Muy pronto entablé una relación cordial y amena con varios de sus moradores.

Pepe, en silla de ruedas, no hacía apenas gestos. Le temblaban la manos y se mostraba siempre inquieto. “No habla” –me decían. Le ayudé a comer durante un largo tiempo. Un día se me ocurrió darle de comer a otros comensales de la mesa redonda y dejarle a él para el final. Me miraba fijo y se le notaba que su mirada era distante y hasta de malas pulgas. Pepe, al ver que tardaba yo en ir a su lado, dijo entonces y casi gritando: “Manuel”. ¡Habló! ¡Pepe había hablado! Los auxiliares y yo no dábamos crédito.

No dijo una palabra más hasta que, pasado un tiempo, pedí la posibilidad de darle un vaso de vino tinto en la comida, y accedieron. Jaja, fue tremendo que, al ponerle el vaso junto al plato, me dijo con ojos agradecidos: “Tú ets de bona pasta” (tú eres de buena pasta). Genial el amigo Pepe.

María era una señora delgada que tampoco podía andar. Tez blanca y cuidada. Pelo gris canoso pero brillante. Mujer guapísima. Le era imposible masticar y necesitaba una persona sólo para ella a la hora del comedor, razón por la que la dejaban para el final. No articulaba palabra alguna pero solía ser de sonrisa fácil.
Cierto día no quería comer y al verla desde la mesa que yo tenía asignada, me presté a intentarlo por primera vez. También era nuevo para mí utilizar una jeringuilla para alimentarla.

-Hola, María. Soy Manuel. -Me presenté a sabiendas de que no contestaría, pero me miró aunque de una forma desinteresada.

Le hice un pequeño y tonto juego de manos con una moneda, y me siguió a la perfección pues reía a gusto cuando vio que la moneda desaparecía para aparecer posteriormente de debajo de su pronunciada barbilla. Momento que aproveché para introducir la infernal jeringuilla en su boca. A partir de ese día, y viendo que comió razonablemente bien, me encargué de darle su ración diariamente. Al cabo de apenas una semana, ya giraba la cabeza y sus ojos me buscaban por el comedor. Congeniamos bien. Perdió la posibilidad de hablar, pero puedo asegurar que sus ojos se encargaban de hacerlo.

-María –le decía yo. Esta noche vendré a recogerla y nos iremos en mi coche a pasear por el puerto y después a bailar.

Recuerdo que ese día no sólo sonrió abiertamente sino que, hasta se sonrojó. A mí me hizo feliz en ese momento. Días más tarde se puso malita y se la llevaron al hospital. Allí se nos fue de una pulmonía. No quise ir al entierro, pero sí fueron sus dos hijos. Así me enteré de que tenía familia.

Eduardo, otro residente, caminaba ayudado de un andador. El hombre era de una edad imprecisa. Tenía barba blanca e hirsuta, cabello ralo, pómulos y mentón afilados y emanaba un singular magnetismo. Su voz y sus gestos le otorgaban autoridad.

Sin embargo, Eduardo no hacía más que quejarse, sollozando, de que su familia no había ido a verle esas navidades, y eso que la mayoría de sus hijos vivían en la isla. Yo trataba de hablarle de otras cosas, pero sobre todo de libros y escritores. Eso le animaba a charlar conmigo. Pero supe por las monjas que enseguida volvía otra vez a quejar de nuevo de lo que constituía para él algo incomprensible.

Y como estas vivencias que -posiblemente para algunos, sean catalogadas de historietas-, le puedo contar otras tantas y algunas de ellas divertidas. Pero lo haré en otra ocasión.


Este es el resultado enriquecedor que absorbí en mi vida y que siguen marcando huella a pesar de mi madurez temprana. No es un mundo imaginario. No se trata de una novela del algún género. No. Es vida real y tangible y está transcurriendo diariamente aquí cerca, en su ciudad y quizás a dos manzanas de su casa.

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