viernes, 20 de mayo de 2016

NOSTALGIAS DE MARCELINO

      Ahora, a su jubilación, y en una mañana no muy fría, a Marcelino le gusta tomar el sol temprano en los albores de la primavera ibicenca, sentado en uno de los bancos del tranquilo y acogedor Parque de La Paz que la ciudad ofrece.

     Suele charlar con otros compañeros de tertulia de todos los temas que van aflorando a medida que avanza la mañana. Pero, sobre todo, nunca falta la mirada hacia atrás a su vida, a su juventud. Es algo que se produce irremediablemente en todo ser humano a medida que avanzan los años.

     Marcelino recordaba cómo fue su encuentro con Ibiza. Tan sólo contaba con catorce años cuando, forzado por las circunstancias, vio truncada su niñez al tener que experimentar en propia carne la vivencia del sabor amargo de la inmigración no procurada.

     A la vista de la situación laboral en el pueblo, su padre optó por irse a buscar  trabajo a Benidorm –en aquellas fechas era la ciudad turística por excelencia,  a la que acudía la gente a tratar de ganar un sustento-. No se le olvidará el día que se marchó. Era la primera vez que sus padres se separaban. La maleta, y dentro de ella chaqueta  y camisa blancas, pantalones y corbata negros, era la indumentaria imprescindible para ejercer de camarero en aquellas fechas, pues él solo conocía esa profesión y la de obrero del campo, que le venía de familia. A través de un familiar encontró trabajo en Ibiza, aunque sólo para Marcelino.

     Allá, en el colegio de su humilde pueblo andaluz estudió todas las regiones de España, y todas estaban muy lejos. Nada, absolutamente nada, presagiaba que su vida iba a ser vivida en aquellas Islas situadas en el Mediterráneo, que se le antojaba muy distantes hasta en el mismo mapa.

     Al no poder  viajar sólo debido a su corta edad, le acompañó su padre en el viaje. Viaje que fue muy largo, y para el cual su madre les preparó algo de comida en fiambreras y dentro de una cesta de mimbre. El vagón del tren tenía asientos muy incómodos con listones de madera que se clavaban en la espalda y que su padre habilitó de la mejor forma que le fue posible para que Marcelino se encontrase a gusto. El tren, además de lento, efectuaba muchísimas paradas en los pueblos. Quedó dormido, y en una de aquellas paradas -recuerda que estaba amaneciendo- despertó y fue a buscarlo. En ese momento vivió una experiencia que aún tenía grabada en su corazón. Su padre estaba al final del corredor apoyado en la ventanilla entreabierta. Se acercó a él y observó cómo tenía la vista perdida en el horizonte. Sostenía un cigarrillo. Estaba solo y llorando. Nunca había visto llorar a su padre.

     Al ver el mar por primera vez, Marcelino creía que los barcos navegaban surcando los mares al más puro estilo de las embarcaciones que Errol Flynn capitaneaba en sus películas. Tal era la ignorancia de un adolescente que nunca había salido del pueblo y que, por lo tanto, tenia formado su propio mundo dentro de las fronteras del lugar donde nació. Viajar en aquel tiempo era sinónimo de aventura.

     Pronto se dio cuenta de que Ibiza, allá en el recién estrenado verano de 1.966, era como un paraíso. Sólo con contemplar la excelsa figura de sus
murallas y la catedral, que se deleita desde el mar, dio a pie a pensar que le iba a gustar. Que le estaba dando la bienvenida. Incluso llegó a tener el presentimiento que su vida iba a cambiar radicalmente.

     Marcelino no se equivocó.

     Iba acompañado de su padre, pero había dejado atrás a su familia, a sus amigos y sus clases del colegio para iniciar una nueva vida, pero se impuso a sí mismo iniciar esta nueva singladura de su vida con valentía y coraje. Le impulsaba el saber que estaba ayudando a la familia.

     Encontró su primer trabajo en la Playa Portinatx. Cala, entonces, casi desierta como lo eran casi todas. Hostal Oasis se llamaba el establecimiento, cuyo Director era Jaime Ripoll, periodista y locutor de radio. También estaban en la misma cala el hostal La Cigüeña y Cas Mallorquí. Todo lo demás era virgen.

     Recuerda que para comprar el uniforme de trabajo lo hizo en una tienda emblemática de aquella fecha; Casa Garrovetes, justo al lado de la bodega Riambaus en la calle del mismo nombre, de Vila.

 Desde su llegada le sorprendió sobremanera oír que la gente hablaban entre sí en otro idioma. Algo desconocido para él. Esto le pareció, cuando menos, curioso y hasta lo consideró como raro.

     Al preguntar le dijeron que se trataba del dialecto ibicenco. Dialecto que aprendió a hablar rápidamente y de lo que se enorgulleció toda su vida. Eso se convirtió en el primer paso para integrarse plenamente en la vida y costumbres del pueblo que lo había acogido a él y a lo suyos.

Una vez acabada la temporada, Marcelino se vino a Ibiza ciudad y encontró trabajo en el Hotel Noray –hoy ya olvidado-, en el mismo puerto, más tarde en un restaurante de renombre en Vara de Rey.

     Por aquellas fechas, el Paseo Vara de Rey estaba rebosante de vida. Los domingos y festivos, la gente se daba largos paseos por él y conectaban con la calle de las farmacias, para cruzar el mercado viejo y salir al puerto desde donde volvían de nuevo al Paseo. Sitio neurálgico de la ciudad por excelencia.

     Su puerto era un constante ir y venir de gente; trabajadores, vehículos a motor y de tracción. El puerto era punto de reunión y encuentro de todo el mundo;  movimiento de mercancías y comercio. Pasajeros que acababan de llegar o salían. Todo vibraba con vida y también con sosiego.

     Marcelino, recuerda ahora, que había bares que por aquellas fechas estaban en su esplendor, alguno ya desaparecidos, quizás su mayoría; pensaba en el Bar Rubió, Can Micalitus, Bar Domingo, Bar Metropol, Pereyra, Mixters, La Tertulia, La Solera, Casa Juanito y tantos otros que se hallaban al paso de estos memorables paseos.

     Había que unir a éstos, los que se hallaban en Vara de Rey, como Bar Can Toni de sa Viña, Bar Ibiza, Bar Alhambra, Alfredo, Montesol…

     Todos ellos eran lugares que tenían vida propia, y se especializaban cada uno en cierto tipo de tapas. Aquí, Marcelino recordaba con simpatía que cuando las parejas de novios paseaban, era normal y obligatorio que fueran acompañados de un familiar que hacía las veces de carabina. Todo un precepto de la época.

     Ibiza contaba con innumerables atractivos; cines, teatro, discotecas, hipódromo y hasta pista de patinaje. Todo en su conjunto invitaba a vivir la vida pero sin prisas.

     Así como en la actualidad los comercios pequeños han sido mermados en su número por la grandes superficies, en aquellas fechas proliferaban los primeros, e incluso eran conocidos en toda la isla. Quién no sabía del buen pan o empanadas de Can Sans, los Andenes o Can Vadell; alimentos en Can Funoy, ferretería de Paco Lleig, de todo en Can Matá. Y tantos otros que ahora no recordaba, pero en los que la gente se conocía y al encontrarse en estos establecimientos, aprovechaban para saludarse y saber de sus vidas. Y todo esto se vivía con total normalidad y naturalidad. Así era el civismo de la gente en aquellos entonces.

     ¡Dios mío! –le decía a sus contertulios. Qué buenos tiempos aquellos.

     Lo que sí descubrió Marcelino al poco tiempo de convivir con su habitantes, es que éstos eran de una pasta especial. Gente encantadora, humilde, que ama a su pueblo, de un talante cordial y ameno. Que Ibiza, al igual que Formentera –donde llegó a vivir un tiempo-, tendían la mano a sus visitantes y futuros residentes para que se sintiesen a gusto y compartir con ellos su pueblo. Pueblo tranquilo, pero vivo y armonioso. Pueblo extraordinario y querido.

   En este punto, Marcelino dejó de dar rienda suelta a sus recuerdos por esa mañana, y emplazando de nuevo a sus amigos del parque para verse otro día, se fue caminando hacia su casa, tranquilo y con el corazón alegre. Acababa de vivir en su interior la Ibiza que conoció por primera vez, en la que fundó su familia. La que le tocó vivir y posiblemente, terminar sus días. Una vida, dice ahora Marcelino, muy consciente, entre tantas otras que tuvieron la misma suerte.

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Abril de 2016. Distinguido con el segundo premio en el II Certamen de Narrativa Breve Fundación Julián Vilas Ferrer.

2 comentarios:

Estela Passaglia dijo...

Una historia "viva"de tu corazón. Es asi, verdad? Entrañable, querido amigo.

Manuel dijo...

Muchas gracias, Estela. Efectivamente, así es. Eres muy amable.